GLACIAR HUBBARD, ALASKA Foto: Claudia Hernández Ocádiz

Alaska: La última frontera del Northwest

Por Claudia Hernández Ocádiz

Dentro de las maravillas naturales más sorprendentes en el noroeste de los Estados Unidos, se encuentran el poder observar ballenas emerger en un chorro de agua a mitad del océano, escuchar el estruendo que los glaciares producen al desmoronarse dentro del mar, conocer los vestigios de una tribu nativa, o ser testigo del cómo los osos se congregan para atrapar salmones que parecen volar mientras nadan contra corriente.

Estos espectáculos de la naturaleza se pueden visitar entre los meses de mayo a septiembre de cada año. Miles de turistas provenientes de todas partes del mundo se dan cita en el muelle 91 de Seattle, Washington, para aventurarse a tomar un crucero que los transporte a Alaska, la última frontera del Northwest.

Los navíos que viajan a Alaska ofrecen cinco itinerarios que pueden durar entre siete y catorce días. Los precios oscilan entre quinientos y dos mil dólares por persona.

Una de las mejores rutas de una semana la realiza el Oosterdam, crucero holandés con capacidad para casi dos mil pasajeros más ochocientos tripulantes entre el capitán, oficiales, chefs, meseros, camareros y artistas que trabajan sin descanso para atender con especial esmero a todos sus huéspedes.

La travesía llega a cuatro puntos en Alaska: Juneau, el Glaciar Hubbard, Silka y Ketchikan más uno en Victoria, Canadá. La expedición da inicio en Seattle, tras dejar a la Space Needle y al estadio de los Seahawks para dar paso a un panorámico atardecer bordeado de montañas nevadas de islas aledañas que parecen fundirse en el horizonte.

En el interior de este gran buque, los viajeros pueden unirse a diversas actividades.

Albercas, jacuzzis y centros de masajes son los más populares. Hay quienes prefieren relajarse escuchando conciertos en vivo de jazz, blues o música de piano. Para quienes les brillan los ojos con el tintineo del metal, lo mejor es acudir al casino a probar suerte. Cine, teatro, gimnasio, salas de juego, pistas de baile, bibliotecas, videojuegos, canchas de básquet ball y mesas de ping pong deleitan tanto a niños como adultos.

A medida que el barco se mece, un útil consejo pasa de boca en boca. Dicen que el mejor remedio para los mareos en alta mar es no dejar de comer, en especial manzanas verdes; quizá sea por ello que gran variedad de alimentos sean servidos en los restaurantes del barco cuyo costo está incluido en la tarifa.

La primer escala en Alaska se hace en Juneau, capital del estado. Alaska es el segundo estado con menor población, pero el más grande de los Estados Unidos. En 1867 fue comprado a los rusos por siete millones de dólares, lo que equivale a dos centavos por hectárea. En Juneau se ofrecen viajes en helicóptero hacia los glaciares, excursiones a cuevas de hielo, avistamiento de ballenas, pesca, teleférico, ciclismo y canotaje, entre otros.

El siguiente destino es el Glaciar Hubbard. Sin duda, el escenario más esperado del viaje. Desde muy temprano los pasajeros de distribuyen a lo largo y ancho del barco. No importan ni la fuerza del viento, ni el frío congelante; poco a poco puede distinguir una larga franja de hielo que se hace más grande conforme se aproxima el barco. Distintas tonalidades de azul surcan las aguas columpiando entre olas figuras de hielo que apenas despuntan en la superficie. Se trata de peligrosos icebergs que pueden hundir hasta la más poderosa embarcación. Un espeso silencio se respira en el ambiente frente a un impresionante glaciar parecido a un gran pastel de merengue salpicado de azul fluorescente y que se apodera de la atención general. La capa de hielo es tan larga (122 km), que se pierde en el fondo del cielo.

Exclamaciones de admiración y aplausos rompen con la quietud de la vista cuando un poderoso rugido proveniente de las entrañas del Hubbard se hace presente. Bloques del glaciar –formado durante la Era de Hielo–, se desgajan estrepitosamente antes de ser devorados por el mar. Un espectáculo de la naturaleza que trasciende a cualquier

frontera.

Los siguientes destinos son Silka y luego Ketchikan. Silka cuenta con una gran comunidad rusa que colonizó la zona en 1799. Abrigos confeccionados con pieles de nutria, oso, lobo, mink, entre otros se venden a precios exorbitantes junto a las famosas “Matrioshkas rusas”, series de muñecas talladas y pintadas a mano que caben una dentro de la otra. En Ketchikan, osos Grizzly, pardos y negros, así como águilas calvas son dignos

de ser admirados en su hábitat natural a una distancia prudente. Nadie quiere servir de bocado para estos simpáticos, pero siempre hambrientas fieras. Tribus nativas de la zona abren las puertas de sus reservaciones para compartir su sabiduría y conocimiento milenario sobre la naturaleza. Totems dedicados a ballenas, peces, águilas y lobos tallados en finos cedros, canoas, redes y pieles son algunas de las piezas que muestran en el Parque Potlach para sus visitantes.

En el viaje de regreso a Seattle se pueden encontrar familias de ballenas jorobadas y delfines saltando de un lado al otro junto al barco provocando un creciente júbilo entre los espectadores que no paran de tomar fotos tratando de capturar la mejor escena.

El único destino en Canadá es en Victoria. Una encantadora isla rodeada de casas flotantes donde se puede gozar de caminatas por el centro, jardines glamorosos con fuegos artificiales o admirar la arquitectura del parlamento de corte victoriano mientras de bebe el té con pastelitos o se disfruta de un buen tarro de cerveza irlandesa.

El viaje culmina al despuntar el alba en Seattle, con la esperanza de la mayoría de los turistas de algún día volver a Alaska, la última frontera del Northwest.