Desarraigo

Por Adriana Estrada

Los guantes quedaron tirados sobre el piso. Demetrio no tuvo tiempo de retirar las hojas secas, tampoco logró remover la tierra de las petunias ni poner más abono a las dalias; tal vez lo haría otro día. El hombre estaba cansado, y como todas las tardes, colocó el pocillo de té caliente sobre la mesa mientras se mecía plácidamente esperando a que el reloj marcara las cuatro con treinta. Estiró su cuerpo y se acomodó en el sillón para iniciar con la rutina vespertina de ordenar sus medicinas. Separó una por una las píldoras por tamaños y colores formando después una larga fila. Se rio de sí mismo al darse cuenta que no recordaba con exactitud cuál de ellas curaba cada una de sus dolencias, daba igual… de cualquier manera necesitaba tomarse toda esa farmacia.

El anciano comenzó a leer su pesado ejemplar de pasta amarillenta; llevaba meses procurando avanzar para terminar su libro, pero el cansancio se apoderaba rápidamente de sus ojos y, un par de minutos después, el libro remató acurrucándose en su pecho. El viento se coló por la ventana, haciendo una traviesa caricia en los pies de Demetrio, quien entre sueños sonrió al sentirse cobijado bajo la colcha en punto de cruz que le había bordado Viviana. Los espectros curiosos que deambulaban por la casa vacilaban escondidos entre las sombras de los muros donde colgaban las fotos color sepia que contaba la historia familiar. Demetrio y Viviana habían tenido cinco hijos que fueron criados con risas y llantos; cinco pequeños traviesos que jugaban a desafiar las normas de la casa; niños tan semejantes y al mismo tiempo tan desiguales como los dedos de las manos temblorosas y arrugadas del viejo.

Demetrio despertó al sentir la voz de Viviana susurrándole al oído que debía prepararse. El viejo se incorporó despacio, apoyando sus manos sobre la mesa y todavía un poco adormilado miró la maleta que estaba sobre la cama y se quedó por un instante ausente y pensativo.

—¿Qué me llevo Viviana? ¿Qué me llevo yo a este viaje?

— Elige con el corazón Demetrio, el buen viajero no lleva mucha carga.

— Ayúdame tú a elegir, yo nunca he sido bueno para estas cosas.

— Mira nomás, ¡cómo te he malcriado! Elige con el corazón Demetrio…llévate lo importante, lo demás… déjalo para que el viento lo guarde.

El hombre se sentó en la orilla de la cama. Un suspiro lo acompaño en su viaje hacia el interminable túnel que acomoda los recuerdos y los transforma para apaciguar el alma. Se imaginó oliendo el café de olla con piloncillo y canela que tomada todas las mañanas antes de marcharse a la fábrica. Sonrió ante la dulce imagen de Viviana embarazada; las risas de sus hijos, los días de campo persiguiendo la pelota, las tardes de domino entre amigos, el brazo roto de Matías cuando cayó de la bicicleta.

Demetrio no podía dejar a un lado las memorias que le provocaban una sonrisa nostálgica. ¡Qué fácil le resultaba a Viviana pedirle que eligiera!

Todo cuanto tenía en esa casa, todo lo que rodeaba ese barrio se lo quería llevar cargado en algún costal: la reunión con los vecinos, el ataque de sarampión que invadió la casa, la graduación de Fernando, las lágrimas de Ignacio cuando terminó con la novia, las idas al cine y al parque; el baile de primavera con Yolanda, los domingos en misa, las interminables charlas de Viviana y sus amigas; la luz que iluminaba la cara de su pequeña Luciana el día de su boda, el perro de Don Hilario, el barullo de sus nietos corriendo por la casa…

—¿Cómo me llevo yo todo esto Viviana? ¿En dónde lo meto? ¡No seas ingrata!

—¡Viejo testarudo! Guárdalo en el pecho, en el huequito ese que todo lo conserva, lo que atesores ahí, nadie te lo podrá quitar.

El chasquido de la puerta del patio anunció la inminente llegada de Fernando. Las risas escandalosas del resto de la familia se escucharon por detrás, seguramente todos habían venido a despedirlo. Demetrio agitó la cabeza despacio y repetidas veces, como siempre lo había hecho cuando se sentía nervioso. El día había llegado; no podría volver a postergar la fecha. Descolgó un par de fotos de los muros, agarró el rosario de madera, la caja de medicinas y el libro amarillento; tomó la colcha bordada en punto de cruz y la hundió en su rostro, queriendo rescatar el aroma de su amada Viviana. Metió el pedazo de tela y cerro la maleta. La vocecita juguetona de su nieto rompió el silencio de la casa.

— Abuelo! ¿Estás listo? hoy tomaremos el avión, ¡vas a irte con nosotros para vivir en nuestra casa!

— Mi pequeño ratoncito, ¡Aquí ando!

— Abuelo, ¿Llevas todas tus cosas? ¿No olvidas nada?

— Llevo todo lo que necesito mi niño. El buen viajero no lleva mucha carga.

El abuelo volteo de reojo a ver una foto de Viviana y le guiño un ojo.

—¿Y tus flores, abuelo? ¿No te las llevas? ¿Las piensas dejar en esta casa?

— Las flores se quedan aquí mi niño, alegrando esta casa. No podemos alejarlas de su hogar, ellas se quedan en su tierra, se quedan donde pertenecen; en este lugar están sus raíces, es aquí de donde obtienen la fuerza para vivir, ellas no pueden ser arrancadas. La puerta de la casa se cerró, quedando atrás los guantes tirados en el piso junto a las hojas secas, las petunias y las dalias.