Tiempo impreciso

Por Adriana Estrada

Nací de día, recibiendo la luz irrepetible de cientos de cintas de colores. Inicié mi viaje entre la prisa de los pies descalzos y el pespunte de los hilos ceñidos a los vestidos repletos de flores. Llegué en un tiempo impreciso, cuando la música acariciaba los muros de las casas y el zapatear de los hombres pulía el empedrado mientras ensayaban los bailes de la Guelaguetza. La impaciencia de mi pueblo no advirtió el pujido de dolor que generó mi llegada, ese gemido solo lo escuchó mi abuela mientras retiraba el roció de sudor de la frente de mi madre, mientras veía transformar su cara acongojada en un rostro sonriente y lleno de promesas al contemplarme. Recibí mi primer beso de amor de una mujer de trenzas largas que apaciguó mi llanto apretujándome contra sus tetas para amamantarme.

Las mujeres que la acompañaban, se congratularon sin dejar de peinar diligentes sus largas cabelleras azabaches. Listones brillantes se tejían alrededor de sus dedos, entrelazando sus risas y sus sueños. Ese día, la alegría de la gente se extendió hasta el cielo, el viento elevó sus cantos formando enormes bolas blancas que se amontonaban para no perder detalle de lo que ocurriría en el cerro.

—Qué imprudencia venir a nacer justo durante las fiestas—, rumeaba entre dientes el abuelo de mi abuelo, un hombre embriagado que miraba con ojos morbosos el pecho hinchado de leche de mi madre. Ella se cubrió con su manto, sus brazos protectores me arrullaron y comenzó a susurrarme: —Hijo, hoy vienen al monte todos los pueblos, tendremos una fiesta donde se compartirán panes y bailes, sus himnos rezumbarán de dicha para mostrar la esencia de nuestras comunidades. Compartiremos nuestras herencias, convertiremos nuestras voces en un solo lenguaje. —Llegaste en un tiempo exacto —afirmó mi madre, mirando de reojo al viejo—. Llegaste para unirte al caudal de la generosidad, al corazón de solidaridad de los hombres. Durante estos días, el pueblo te regala un latido que vivirá dentro de ti y construirá tu fuerza y templanza.

Recuerdo con cariño mi infancia, la cual corrió tapizada de sueños coloridos. Cuando me convertí en un pequeño adulto, no tuve opción, tuve que dejar mi monte, fue un tiempo confuso e incierto. Me marché sin querer alejarme. Hoy, sin importar cuanto tiempo ha pasado y la distancia que existe de por medio, al aspirar el aire, aún siento el aroma de las frutas, el picor de las semillas tostadas, el olor a hierbas de los curanderos. Estoy seguro que volveré a mi tierra, que llegará un día indeterminado, no planeado, en que recibiré la luz irrepetible de cientos de cintas de colores que confirmaran que Oaxaca sigue vibrando dentro de mí, justo como el día en que llegue a este mundo.