En este Mes de la Herencia Hispana, olvidemos el kitsch y tengamos una discusión de sustancia

Estehr Cepeda,

The Washington Post

El fin de semana pasado, en el sector de la vasta zona metropolitana de Chicago donde vivo, famosa por su segregación racial, vi algunos carros con banderas mexicanas al viento.

Mi primera reacción fue de temor—vivo en una zona donde uno puede ver tanto una pegatina de “Sí se puede” en un auto, como una bandera confederada o un cartel en el jardín que diga “Hagamos un gran Estados Unidos otra vez”. Naturalmente, me inquietó que cualquiera fuera el valiente que se atreviera a celebrar tan abiertamente el Día de la Independencia de México coqueteaba con el peligro.

Toqué la bocina para ofrecer apoyo moral. Y recordé que justo el otro día dije a mi clase de estudiantes hispanos—en la voz más inexpresiva que pude—”Pronto será el Mes de la Herencia Hispana. ¡Viva!”.

Podría sostenerse que es el peor mes del año.

No porque no haya belleza y orgullo en destacar las danzas y música folklóricas, la cocina tradicional y las obras de artistas de origen latino. Sino porque (como todo en la actualidad) ese mes está tan lleno de simbolismo y política que se convirtió en un período designado a ventilar quejas.

Solía ocurrir que la “celebración” inspiraba una mera demagogia política y un enloquecido mercadeo de productos que agregaba tacos, piñatas o sombreros de mariachis al paquete, fingiendo la relevancia de la comunidad latina.

Hoy en día, antes de que se inicie oficialmente el Mes de la Herencia Hispana, algunos tratan de rebautizarlo como el “Mes de la Herencia Latinx”—porque el término “hispano” para ellos está pasado y “latino” no incluye suficientemente a todos los géneros.

Otros desprecian todo el asunto como ilegítimo. La observadora política Adriana Maestas, recientemente escribió: “Los de ascendencia mexicana, de América Central y Sudamérica no deberían tener que celebrar una herencia vinculada con los invasores y colonizadores.”

Eso lleva directamente a discusiones agrias, súplicas apasionadas y protestas (esperemos que no-violentas) encendidas por los que creen que el Día de Colón debe llamarse “Día de los Indígenas”.

Todo eso culmina con la fabricación y venta, durante todo el mes de octubre, de productos asociados con la tradición religiosa del Día de los Muertos, que se practica en toda América Latina, vendidos ahora como baratas decoraciones y disfraces de Halloween.

Es más que extenuante. Las así llamadas conversaciones sobre estos “asuntos” que invaden Internet en esta época del año constituyen una pérdida colosal de tiempo y energía dentro de una población que ya tiene vínculos muy vagos. Sin duda, toda esta gente comparte un vínculo común con América Latina, pero diverge ampliamente cuando se trata de país de origen, costumbres, cultura, puntos de vista políticos e interés en “qué significa” ser lo que el Censo de Estados Unidos denomina como “población hispana”.

Adjudico parte de esos problemas a la fijación obsesiva—y totalmente ineficaz—con el aspecto lingüístico de los asuntos hispanos.

Las horas y horas de tiempo, esfuerzo, dinero, talento y energía que algunos han dedicado a discutir si el término “hispano” o “latino” es mejor, presionando para que se prohíba la denominación “inmigrante ilegal” y monitoreando el uso del término “americano” (puesto que todo el que provenga de América del Norte o del Sur es americano, aunque no hay ni un alma fuera de Estados Unidos que llame a alguien de Chile o México o Canadá ninguna otra cosa que no sea chileno, mexicano o canadiense) han sido infructuosas.

Y la próxima frontera parece ser la frase “nación de inmigrantes”.

La gente que normalmente la usa lo hace para defender a los inmigrantes y pintarlos como parte integral del entretejido de nuestro país. Los críticos dicen que esa frase excluye y margina a los amerindios, hawaianos, puertorriqueños y negros.

En el Chicago Sun-Times, Natalie Moore explicó que: “Cuando oímos lugares comunes como ‘somos una nación de inmigrantes’ o los ‘inmigrantes construyeron este país’, se siente como una manera de borrar no solo a los amerindios, sino a los estadounidenses negros que son descendientes de los africanos esclavizados.”

Víctor Landa, editor jefe del sitio Web de noticias hispanas NewsTaco, dijo en un reciente video de Facebook que debemos dejar de usar ese término porque se ha convertido en algo de boca para fuera: ¿Por qué celebramos ir a Chinatown o a Little Italy, pero nos enojamos cuando vamos a un barrio donde los carteles están en español?

Es interesante cuestionar esos conceptos y sostener esas conversaciones esenciales—y no debemos relegarlos a un mes de herencia inventado. Pero hay que señalar que aunque las palabras importan, se convierten en una pared de ladrillos si no podemos ir más allá de la terminología para participar en un diálogo de sustancia.