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Le pregunta un periodista a un adolecente centro americano que viaja en lo alto de uno de los vagones de “La Bestia”, ese tren carguero que lleva a cientos de inmigrantes cada día hasta la frontera de México con los Estado Unidos.
“…La Vida Buena”, responde:
“Es una casita, estar con mi familia. Tener que comer”.
Suena contradictorio, sabiendo que en ese viaje hacia el norte, lo que hace es alejarse de su familia, de su hogar, sin tener la certeza de si comerá o no el primer día o los subsiguientes a su llegada a los Estados Unidos.
¿Qué es entonces la Vida Buena? Le pregunte a una joven mujer Salvadoreña que dejo a su hijo de 9 años.
“Yo no sé”, me dijo, “salvo que pueda traer a mi hijo hasta aquí”.
La inmigración tiene muchos matices y diversas son sus necesidades. Para los adultos es más que todo una necesidad, una solución a la falta de oportunidades.
En la adolescencia en cambio, esta no es más que una aventura que podría traducirse en éxito o desdicha; una Ruleta Rusa que excita al ímpetu juvenil.
¿Pero qué hay de los niños? Qué hay de las madres sin sus hijos en esta tierra extraña. Qué hay de los niños abandonados a su suerte, llorando, esperando oír la voz de un padre o de una madre del otro lado del teléfono.
Esta mujer salvadoreña ha visto a otras madres como ella, entregar a sus hijos a otras personas a mitad del camino con la esperanza de que los crucen sanos y salvos; para más tarde verlas revolcarse entre lágrimas al descubrir que los han perdido.
Sin embargo y a sabiendas de lo cruel que puede ser el destino para estos niños, incluido su hijo, esta mujer terminara intentándolo traer como muchas otras.
Reflexiono y pienso que esto dejó de ser un fenómeno social hace mucho tiempo para convertirse en un estigma con el que nacen cada vez más familias en nuestros pueblos. Un Tatuaje que los gobiernos no saben o no han querido borrar.
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