Esther Cepeda
Columnista
CHICAGO – Es una lástima que los republicanos bloquearan una resolución para que el Senado honre el legado de la icónica figura chicana, César Chávez.
Pero aunque la postura del Partido Republicano parece absolutamente estúpida por no permitir una celebración puramente simbólica en honor de este líder sindical que modificó la historia, los demócratas, a su vez, parecen estar totalmente despistados por no permitir que los republicanos agregaran su opinión a la resolución.
Según informes noticiosos, los republicanos dijeron que hubieran permitido que se aprobara la resolución, si los demócratas hubieran aceptado texto adicional, que reconociera que Chávez apoyó el estricto cumplimiento de las leyes de inmigración para proteger los jornales de los trabajadores estadounidenses. Los demócratas se negaron a incorporar esas adiciones.
“Es una injusticia a su remembranza”, publicó el Washington Times, citando al senador Robert Menéndez, de New Jersey, quien ha presentado la resolución durante ocho años consecutivos, en vano.
Menéndez dijo que los republicanos estaban tratando de mezclar el debate de la inmigración con una resolución conmemorativa.
Menéndez tiene razón: Los republicanos estaban haciendo política –al igual que los demócratas.
¿Por qué, exactamente, es una injusticia para la memoria de Chávez señalar que estaba contra la inmigración ilegal, porque ésta socavaba el poder de negociación de los trabajadores que eran inmigrantes legales o nacidos en Estados Unidos?
No es que esto sea una noticia.
En 2012, el autor y ex campesino, Frank Bardacke, agregó una biografía de Chávez –que no es la adoración ciega de un héroe– a la pila ya existente, con su libro “Trampling Out the Vintage: Cesar Chavez and the Two Souls of the United Farm Workers.”
Bardacke cuenta la historia de un ser humano complejo con ideas grandiosas sobre cómo mejorar la vida de los pobres atacando a poderosos intereses creados. Y algunos de esos intereses, especialmente la industria agrícola de California, se complacían en ignorar el fallido sistema migratorio, a veces violento y a menudo explotador.
Bardacke brinda un colorido retrato de cómo los braceros –campesinos temporales mexicanos– y la gente que los contrataba, usaban trucos sucios, o directamente ilícitos, para evadir las garantías legales “de que el programa de Braceros [un arreglo patrocinado por Estados Unidos para traer trabajadores del otro lado de la frontera para mano de obra temporal] no ‘afectara adversamente’ la mano de obra interna, y decretaba que no se podía contratar braceros para un trabajo, si había mano de obra local para realizarlo.”
Entonces, sí, Chávez estaba a favor de controles fronterizos estrictos y de un Servicio de Naturalización e Inmigración que hiciera su trabajo, en lugar de hacer la vista gorda a la mano de obra barata que llegaba cruzando la frontera.
Chávez también participó indirectamente en un esfuerzo llamado la “línea mojada”, que involucraba preparar carpas a lo largo de la frontera EE.UU.-México, con unos 300 miembros de los Campesinos Unidos de América(UFW, por sus siglas en inglés), que usaban brazaletes con el logo “Patrulla fronteriza de la UFW”.
En lugar de tratar de minimizar esta historia –los liberales siempre quieren historias “auténticas” a menos que éstas manchen a uno de sus santos patrones– ¿por qué no dejar que se conozca y utilizar ese punto para discutir cómo Chávez finalmente luchó por los derechos de todos los trabajadores y para asegurar que incluso los trabajadores presentes ilegalmente obtuvieran ayuda de la reforma migratoria de 1986?
Pero no, eso sería demasiado lógico. Quiero decir, ¿quién estaría realmente de acuerdo con inyectar ni una pizca de realismo, de pragmatismo o de precedentes históricos al debate de la inmigración? Suena demasiado como una concesión, supongo, y ni los demócratas ni los republicanos parecen correr el riesgo de permitirlo.
