¿Por qué lloramos en el cine?

Yngrid Fuentes

Agencia Reforma

Primero es el entrecejo levemente fruncido, un temblorcillo en los labios, unos cuantos parpadeos para sacudir la emoción o esa aspiración rápida que, como último intento por regresar los sentimientos a su lugar, termina convirtiéndose en el preludio de un torrencial de lágrimas en medio de la sala de un cine.

Ya sea porque el personaje principal murió, su pareja, su perro, el gato, el mejor amigo o por la simple, pero oportuna llegada del violín en una despedida, en cuestión de segundos la manga de la camiseta puede convertirse en pañuelo y el torso de la mano en tapón para la cascada de emociones que dejan algunas películas.

Con el reciente estreno de la cinta “No se Aceptan Devoluciones”, de Eugenio Derbez, que divide la salas de cine entre los que salen sonriendo por las partes cómicas y los que todavía afuera enjuagaron lágrimas por los momentos tristes, es difícil no preguntar: ¿por qué algunas personas lloran en las películas?

La pantalla, un espejo Independientemente de la edad, sexo, apariencia o carácter, mientras unos pueden ver al papá de Simba morir sin pestañear, en “El Rey León”, o a un pequeño pescadito perdido y solo en “Buscando a Nemo” sin inmutarse, nunca quien suelta una lágrima incluso en una escena de comedia.

Sin embargo, la facilidad para llorar poco tiene que ver con que unos tengan más sentimientos que otros, más bien, de acuerdo con psicólogos, en gran parte se debe al grado con el que la audiencia se identifica con los personajes y la capacidad para contener y expresar las emociones.

“Puede ser que a unos no les diga nada o que esté controlando sus emociones, igual que en los funerales, el que llora mucho no necesariamente está sufriendo más que el que no llora, puede ser que estén iguales, tiene que ver con el manejo de las emociones”, explicó la neurosicóloga Betty Arias.

“Tiene mucho que ver con cómo tú te apropias del personaje y lo vives como si estuvieras ahí y entonces te puedes imaginar si a ti te pasara eso, pues cómo lo sentirías”.

Por medio de la empatía, para muchos conocer el personaje de una película puede ser tan intenso como si fuesen personas reales, se identifican, y crean un lazo que hace sentir, hasta cierto punto, la historia como real.

Así, después de un romance en medio del mar, algunas todavía lamentan la muerte de Jack, de “Titanic”; los recuerdos de Noah y Allie, en “El Diario de una Pasión”, o la conmovedora espera del perro Hachiko en la estación de tren en “Siempre a tu Lado, Hachiko”.

“Todavía me acuerdo y lloro con la de Richard Gere, la del perro”, comentó Adriana Mares, abogada y vecina de Contry.

Para otros, la cinta de Derbez, ocupó el primer lugar en su lista de películas lacrimógenas, como fue el caso de Mayela Sánchez, quien abandonó la película todavía con lágrimas en los ojos.

“Está muy buena, muy bonita. Es muy conmovedora, antes de ésta yo lloré con Titanic”, dijo la vecina de Contry la Silla.

Equipaje emocional Mientras ir al cine puede ser la búsqueda de una experiencia nueva, ya sea por medio de comedias, dramas, thrillers o películas de acción, la carga emocional del espectador también predispone la intensidad se relacionará con la trama.

“El impacto emocional es muy alto en donde la identificación con los personajes es alta porque precisamente tal vez les recuerda a ese hermano, a ese familiar que ya no está, a la situación similar por la que está atravesando”, indica el psicólogo social Jesús Castillo.

En el caso de la cinta de “No se Aceptan Devoluciones”, muchos de los que abandonaron la sala con lágrimas en los ojos se sintieron conmovidos por haber revivido experiencias.

“Mi hermano se acaba de morir hace un mes, me removió todo eso”, expresó Zannia Osuna, de 25 años, con la voz entrecortada por la emoción.

“Está padre porque todo el tiempo te estas riendo, pero al final… no me lo esperaba”.

Otros de los factores que predisponen a llorar o sentirse afectado por una película pueden ser la herencia genética o la educación sentimental que se da en casa, de acuerdo con Arias.

“La genética es un factor que predispone, o sea, yo vengo con genes sensibles y precipitan si tienes una mamá muy sensible, si en tu casa cuando sucede algo se suele llorar aprendes que esa es la forma de reaccionar, pero si en tu casa son más herméticos, si tienen otra forma de demostrar, aunque tengas ahí un factor predisponente, no vas a aprender cómo (llorar)”, dice.

Con los pies en la realidad Independientemente de la facilidad con la que muchos abran su válvula lacrimógena en las películas, expertos aseguran que es incluso bueno darse la oportunidad de llorar al sentirse conmovido, siempre y cuando se tenga presente que lo visto en la sala de cine no es real.

“Llorar sirve un propósito emocional. Es una liberación cuando hay una acumulación de sentimientos”, escribió Stephen Sideroff, psicólogo de la Universidad de Santa Mónica, en California en un artículo publicado en el sitio WebMD.

Sin embargo, es importante reconocer hasta qué punto es un desahogo natural o la alerta de que existen otros malestares más profundos.

“Es algo normal dentro de las personas (llorar) la situación problemática sería que a raíz de una película se despierte una depresión”, advirtió Castillo, catedrático de la UDEM.

Es importante es evaluar si la película, independientemente del llanto, tuvo un efecto positivo o negativo.

“Si sigues llorando por lo mismo y por lo mismo puede ser que tengas una situación no resuelta o que necesitas elaborar porque lo único que hizo la película fue desencadenar algo que ya estaba ahí”, dice Arias.

Para esos casos Castillo, también presidente de la Asociación de Psicólogos Profesionales de Nuevo León, recomienda conectarse con la realidad.

“Hay que darse cuenta de en dónde estoy: estoy en una sala de cine”.