Desde Perú, con ustedes: “El Payaso Cucharita”

Por Camilo Molina,

La Raza del Noroeste

Ser payaso en estos tiempos es una manifestación de resistencia a los modernos entretenimientos de la tecnología. Es una manera de reivindicar el poder de la imaginación y de recordar, con romántica valentía, que la creatividad de los gestos y las palabras a viva voz pueden hacer más felices a los niños que una pantalla rebosada de imágenes en alta definición.

Cuando Alberto Campos se comienza a pasar el maquillaje por el rostro, señalando con una precisión de dibujante las líneas blancas alrededor de los ojos y las áreas ruborizadas de los pómulos, comienza a darle gobierno a una nueva personalidad, antojada de descargar humor, con ansiedad de entretenimiento, de auténtica felicidad. En un instante, la nariz roja le otorga una bienvenida al Payaso Cucharita y la persona que era antes de la pintura y los colores ya no está más.

“Crecí viendo a mi tío, el primer payaso Cucharita y me gustaba mucho. Me encantaba cuando él me invitaba a hacer parte de sus presentaciones. En ese tiempo un cumpleaños, por decir un ejemplo, se celebraba de otra forma. Había menos tecnología y la voz del payaso y la mímica eran muy importantes. El payaso de hoy en día debe estar bastante estático y yo he tratado de hacerlo como se hacía antes. Moviéndome mucho e interactuando con la gente”

Alberto llegó a Estados Unidos en el año 97 al Estado de New Jersey, con la promesa de volver a Perú, su país de origen, sólo unos meses después. Ahora trás 20 años, el compromiso del regreso parece una cosa lejana. “la situación en Perú a finales de los 90 no era la mejor. Y me vine para acá con la intención de juntar algo de dinero y luego regresar a Perú; ha sido un periodo largo”

El asunto comenzó como una manera de entretener a sus amigos y ser un animador durante las celebraciones de las personas más conocidas, entre las que se sentía con mayor arrojo de confianza. “Un día me animé a hacerlo en un salón para el cumpleaños del primer año del hijo de un amigo. Pero yo no sabía cómo se hacía un show tan grande. Eran más de 200 personas. Estaba nervioso; me mentalicé e hice dos horas y a la gente le encantó. Al final me comenzaron a pedir tarjetas y separar fechas.”

El Payaso Cucharita prefiere hacer las cosas al estilo de la vieja guardia. Prefiere estar cerca de la gente y comunicarse con los padres para tener la mayor información posible acerca del evento y de los niños que van a estar. Desde el instante en que entra una llamada para separar alguna fecha, su trabajo se activa y adopta el acento del país de la persona que lo llama, eso sí, él recalca que lo suyo es el humor blanco y las bromas que no hieren. Su tío le dejó clara la consigna de olvidarse del chiste fuerte y de alto calibre.

“Es muy lindo porque los niños quieren fotos contigo, no quieren que te vayas, se alegran mucho. Yo soy parte de los niños que están ahí. Me siento un niño, solo que estoy al frente de ellos haciendo el espectáculo; durante el evento les hago historias clásicas o cuentos específicos si me los piden, como Frozen o algo de Mickey Mouse; cuando ven esto, se emocionan mucho.”

El telón se baja, el evento se ha terminado, los niños de caritas pintadas se abalanzan sobre el pastel, los globos con forma de animales quedan flotando por los techos del salón y el Payaso Cucharita se retira. Una vez que su rostro se desprende de los colores estridentes de su niño interior, Alberto Campos vuelve a la escena y ya es hora de interpretar a otro personaje.