Superar la pobreza generacional

Esther Cepeda

Columnista

CHICAGO – Los maestros de escuelas con poblaciones de bajos ingresos a menudo obtienen capacitación especializada en la cultura de la pobreza, a fin de comprender las vidas de sus estudiantes y tener en cuenta sus problemas en el aula. Como profesora de escuela secundaria, estudié el texto de Ruby K. Payne titulado “A Framework for Understanding Poverty”(Un marco para la comprensión de la pobreza).

Payne provee una lista con 20 características de la pobreza generacional, en la que figuran, constantes niveles elevados de ruido de fondo, la sobrevaloración del entretenimiento como respiro de los esfuerzos realizados para sobrevivir, una fuerte creencia en el destino porque las opciones son pocas, y un pensamiento polarizado en el que las opciones casi nunca se examinan (nuevamente, porque suele haber tan pocas disponibles)

También domina, en la cultura de la pobreza, la idea de que el tiempo no se mide, que todo ocurre sólo en el presente, y que el futuro existe sólo como una palabra.

Vivir el momento es la regla: “Ser protector, establecer objetivos y planear con anticipación no forman parte de la pobreza generacional,” escribe Payne. “La mayor parte de lo que ocurre es reactivo y en el momento. Las implicancias futuras de los actos presentes pocas veces se consideran.” Eso explica también la falta de organización y orden de la pobreza. “Los instrumentos para la organización (archivos, calendarios, etc.) no existen.”

Si esto les suena como el ambiente perfecto para producir estudiantes con pocas perspectivas de logros académicos, están en lo cierto.

En un reciente informe de Cornell University, titulado “The Role of Planning Skills in the Income-Achievement Gap” (El papel de la habilidad de planear en la brecha ingresos-logros), los investigadores usaron datos longitudinales del Study of Early Child Care and Youth Development (Estudio del cuidado infantil y el desarrollo de los jóvenes) del National Institute of Child Health and Human Development, para establecer un lazo importante entre la pobreza durante la infancia, y el desempeño deficiente en Matemática y Lectura en los grados primarios, independientemente del cociente intelectual.

El estudio de Cornell cuantifica lo que todo maestro de Matemática y Lectura de una escuela de bajos recursos ya sabe sobre la diferencia entre los estudiantes que se destacan y los que languidecen: todo depende de quién persevera en una tarea difícil, en lugar de rendirse. El éxito depende de si un niño puede, como el estudio lo define “planificar de una manera orientada hacia objetivos.”

Por haber sido maestra de primer grado y de secundaria en escuelas de alta pobreza, observé estas diferencias de primera mano.

Lamentablemente, el sistema educativo presenta una gran desventaja aquí. Formular un plan, realizar preparaciones para ejecutarlo y después tener la determinación de persistir, incluso ante obstáculos –Paul Tough, autor de “How Children Succeed” (Cómo triunfan los niños), ha popularizado recientemente el término “grit” (determinación)– no es algo que se puede enseñar simplemente en la clase.

Los niños con más probabilidades de navegar las asombrosas complejidades de solicitar el ingreso universitario y la asistencia financiera serán, sin duda, los que, desde que se acuerdan, han tenido adultos en sus vidas que establecieron objetivos claros, los que trabajaron metódicamente para alcanzarlos y enfrentaron con éxito los reveses.

En última instancia, si queremos que las cualidades asociadas con la planificación y la perseverancia se arraiguen en los niños de bajos ingresos, debemos enfrentar el problema notablemente mayor de inculcar esas cualidades en sus padres.