Sacar importancia a palabras que duelen

Esther Cepeda

Columnista

¿Qué hace uno cuando se ve atrapado en un estereotipo que no es correcto –o que, simplemente, duele?

No es una pregunta trivial. A medida que los hispanos empiezan a poblar el mundo académico, las salas de directorios y los juzgados en todo el país, enfrentan el delicado terreno de interactuar con personas que tienen diferentes procedencias y crianzas. Y a veces, esa gente dice las cosas más asombrosas.

Recientemente, la escritora chicana y bloguera del Huffington Post, Michele Serros, escribió sobre la vez en que era la única latina en una conferencia de escritores de elite en California. Además de ser la única participante de una comunidad rural agrícola –y no de algún país de América Latina– experimentó la siguiente broma:

“En la cola del buffet, otro aspirante a escritor me codeó y me dijo. ‘Mira’, indicando una canasta de totopos. ‘Supongo que sabían que tú vendrías”.

Ay, ay, ay.

“Cuando eso ocurre, hay que seguir la corriente y ver a dónde va la cosa,” dijo Luis Martínez, consultor de personal y ejecutivos en Rochester, Nueva York. Por ser inmigrante cubano, le hacen muchas preguntas sobre cigarros y baseball –dos temas que no le importan demasiado– y ha aprendido a tomárselo con calma.

“A veces cuando se trata de algo serio, realmente uno tiene que mantenerse firme y explicar de la manera más amable posible por qué alguien ha supuesto algo sobre uno equivocadamente,” me dijo Martínez. “Pero otras veces, no vale la pena. Uno lee el lenguaje corporal, el tono de voz, y se guía por eso. Tendría que tratarse de alguien realmente exagerado, extraordinariamente ignorante para que yo me mantuviera firme.”

Con una respuesta tan ecuánime de un profesional de las relaciones profesionales, me pregunté si había otra manera, con más chispa, de responder a esas situaciones. El tipo de respuesta que quizás podría permitirse un brillante escritor satírico.

Llamé a Lalo Alcaraz, el dibujante mexicano-americano sindicado nacionalmente y “jefe-in-chief” del sitio de humor pocho.com. Pero él también aconsejó en contra de decirle a alguien que mete la pata que se lleve los totopos y se los meta en cierto sitio.

“Yo me adelanto a todo eso, me gusta proclamar mi frijolería de antemano, porque entonces resulta que ‘Si yo lo puedo decir, entonces tú también puedes. Quizás.’”

En el pasado Alcaraz ha resuelto incómodas referencias a la comida “simplemente poniéndola a la vista”.

“Una vez iba a haber una fiesta de trabajo y traje pan dulce. No soy una máquina estereotípica, pero me gusta el pan dulce, a todos les debería gustar el pan dulce, entonces, ¿por qué no?”

Aurelia Flores, fundadora del sitio de liderazgo para latinas, powerfullatinas.com y consejera de una empresa Fortune 500, completó mi trío de expertos que sugirieron dar el beneficio de la duda a comentarios estereotípicos.

“Si entro en cualquier situación en la que soy una minoría pensando ‘¿Esta gente es idiota, no me comprende’, eso no me lleva a ningún lado”, dijo Flores. “Pero si tratamos de comprender la intención de la otra persona y respondemos a eso, aún cuando estemos pensando ‘Qué despistada es esta persona’ o a la inversa, ‘¡Qué p——! –podría ayudarme a mí o a otro.”

“Le guste a uno o no, en ese momento uno es el representante latino de su mundo y uno no quiere que piensen: ‘No comprendo a esta gente y además qué engreídos que son –sólo estaba tratando de ser amable,’” dijo Flores. “Aunque no es justo tener que encarar las percepciones erróneas de los demás, hay que estar abierto a la posibilidad de que estén tratando de relacionarse con uno en un nivel personal.”

Ése es el secreto de encarar los pequeños desaires de la vida: Suponer lo mejor y tratar de ser amable.