¿PUEDE MÉXICO APRENDER DE SINGAPUR?

Jorge Ramos

Columnista

Todo sorprende de Singapur: su limpieza, su orden, su seguridad y su arquitectura.

Para aquellos de nosotros provenientes de regiones menos organizadas del mundo, este país también destaca como uno de los menos corruptos y más desarrollados del planeta.

Una pausa. Singapur no es, precisamente, ejemplo de democracia y de respeto a la libertad de expresión pero de eso hablaremos un poco más adelante.

De entrada, como mexicano en esta ciudad-estado de 5 millones de habitantes, la pregunta es si México pudiera aprender algo de los singapurenses para controlar la violencia y la corrupción, y para crecer rápida y ordenadamente.

Comprendo, por supuesto, las vastas diferencias entre estas dos naciones. Singapur es una isla diminuta, en tanto que México cuenta con 113 millones de habitantes y comparte una frontera de casi 2,000 millas con Estados Unidos, el mayor mercado mundial para las drogas ilegales. No obstante, Singapur parece prosperar con su estricta devoción al orden y a la limpieza – tirar un chicle en la calle está penado en esta nación – y ha desarrollado una cultura nacional vehementemente opuesta a cualquier forma de corrupción. Pocos ciudadanos de Singapur están dispuestos a violar una regla, dado que hacerlo sería no sólo ilegal, sino además muy mal visto.

Esta cultura ha rendido frutos en diversas formas. Transparencia Internacional, organización que monitorea la corrupción en todo el mundo, clasificó a Singapur como el país menos corrupto del planeta en 2010 (empató con Nueva Zelanda y Dinamarca). En 2011, Singapur ocupó el quinto lugar en la lista, en tanto que México quedó colocado en el poco honroso lugar 100 de 178 países.

Y, pese a una declinación económica global, Singapur sigue siendo una joya financiera.

A nivel de seguridad, tras el secuestro de un avión de Singapore Airlines en 1991 y la ejecución en una operación de rescate de los cuatro secuestradores paquistaníes, se han incrementado las medidas antiterroristas. La efectividad de las fuerzas armadas, un estricto sistema judicial que usa (y a veces abusa) de la pena de muerte y de castigos desproporcionados, según reporta Amnistía Internacional, y una sociedad que se ha acostumbrado a no confrontar a la autoridad han reducido el crimen a su mínima expresión. En Singapur las autoridades son particularmente duras contra los sospechosos de narcotráfico aunque el gobierno no da cifras oficiales de ejecuciones.

Singapur es, en nombre, una democracia parlamentaria. Solo en nombre. Un solo partido, el Partido de Acción Popular (People’s Action Party), ha controlado el gobierno por medio siglo y las voces de la oposición son muy pocas y con mínima representación oficial en el parlamento unicameral. El extraordinario éxito de Singapur ha tenido un costo específico en las libertades individuales.

¿Qué, entonces, puede aprender México de Singapur? México puede empezar desarrollando una sociedad que tenga cero tolerancia para la corrupción. Eso, más la creación de empleos con un salario razonable, mayores recursos para la educación y el desarrollo de una economía fuerte, orientada a las exportaciones, sin duda requeriría décadas de esfuerzos. Después de todo, Singapur necesitó más de 35 años para alcanzar sus éxitos actuales. Pero una economía mejor y niveles más altos de educación significan también menos criminalidad – y ésa ha sido la fórmula de Singapur para triunfar.

Si una isla pequeña, prácticamente sin recursos naturales, puede triunfar, no hay razón alguna para que México, un país miles de veces más grande y con abundantes recursos naturales, no pueda hacer lo mismo.