Por Esther Cepeda,
The Washington Post
Hay unos pocos momentos preciosos en la vida de todo padre en que uno se da cuenta de que no torpedeó inadvertidamente las posibilidades de éxito y felicidad de su hijo. La semana pasada, experimenté uno de ellos.
Mi reivindicación llegó cortesía de un nuevo estudio publicado en el número Verano 2017, de Education Next, una publicación de políticas educativas. El estudio se centra en todos los motivos por los que el retraso voluntario de la escolaridad (“academic redshirting”)—la postergación de la entrada de un niño a Jardín de Infantes para obtener los beneficios de un año extra de crecimiento físico y madurez social y emocional—puede potencialmente traer más daños que beneficios.
“En general la postergación de la escolaridad no vale la pena,” escriben las autoras Diane Whitmore Schanzenbach, profesora de educación y políticas sociales en Northwestern University, y Stephanie Howard Larson, directora de una escuela Montessori en Wilmette, Illinois.
De hecho, expresan, “el beneficio de ser mayor al comienzo de Jardín de Infantes declina agudamente a medida que los niños pasan por los grados de la escuela.” Y, lo que es notable, “Para los estudiantes mayores [que fueron retrasados]… el impacto positivo de ser más maduros se contrarresta por los efectos negativos de asistir a clase con estudiantes más jóvenes.”
Eso fue como música para mis oídos.
El apodo de mi hijo menor cuando era pequeño era “El Movedizo”, porque hasta en el vientre materno estaba en perpetuo movimiento. Era el tipo de niño que no podía quedarse sentado, lo que creó problemas en la guardería e irritó a sus maestros.
Parecíamos recibir un flujo sin fin de llamadas telefónicas y notas enviadas a casa para hablar sobre sus problemas de conducta: se negaba a dormir en la hora de la siesta, tiraba del pelo o de la ropa de los otros niños, era reacio a participar en actividades tranquilas.
Su cumpleaños es a principios de agosto, cerca del 1 de septiembre, fecha límite del estado, y nos costó mucho decidir si permitirle proceder a Jardín de Infantes. Y después, en los 10 años siguientes, nos preguntamos si le habíamos fallado al no retrasarlo un año.
Ahora, en segundo año de secundaria, El Movedizo sigue siendo uno de los más jóvenes de la clase. Hasta hace poco era uno de los muchachos más pequeños en su clase. Y también el más molesto para sus profesores quienes, en el curso de los años, continuaron enviando notas rogándonos que impidiéramos que diera golpecitos con un lápiz, que hiciera ruidos tontos y, sí, que se moviera incesantemente hasta casi salirse del asiento.
Pero según Schanzenbach y Larson, “Las investigaciones sobre edades relativas indican que estar entre los más jóvenes de la clase tiene beneficios, tanto en el corto como en el largo plazo. ¿Por qué? Porque los compañeros de clase mayores tienden a rendir más académicamente y a portarse mejor. Son un modelo de conducta positiva, y los estudiantes más jóvenes avanzan académicamente al aprender y competir con los mayores. [Dos estudios analizados] hallan que, cuando se mantiene la edad constante, aprender con compañeros mayores mejora los resultados de las pruebas de los estudiantes.”
Los estudiantes retrasados por un año tienen menos probabilidades de ser aceptados en programas para alumnos dotados y talentosos, y además, las autoras llegan a la conclusión de que “Tanto las investigaciones como la experiencia sugieren que los beneficios que se adquieren por ser un alumno mayor probablemente tendrán poca duración. Debido al importante papel de los efectos de los pares en la clase, los niños cuya escolaridad fue retrasada pueden ser perjudicados educativa y socialmente por estar con otros que rinden y se comportan a un nivel de desarrollo más bajo.”
¡Fiu! Así es que no arruiné la vida de mi hijo después de todo.
A Schanzenbach se le ocurrió la idea de investigar la veracidad del retraso de la escolaridad mientras hablaba con Larson sobre si el desarrollo de la hija de Schanzenbach la prepararía adecuadamente para tener éxito en Jardín de Infantes este otoño.
“¡Éste es uno de los temas más candentes en la plaza! Los padres a menudo debaten esa decisión y quieren saber cuál es el consejo de los expertos, y lo que dicen las investigaciones,” me dijo Schanzenbach por correo electrónico. “Sólo pregunté a Larson qué es lo que ella recomienda a los padres e inmediatamente me comenzó a explicar la posibilidad de desfasaje entre un estudiante y sus pares si se retrasa su escolaridad, lo que por supuesto es coherente con mis propias investigaciones académicas que documentan la importancia de los pares, y que tener pares ligeramente mayores tiene un impacto positivo.”
Es realmente una noticia reconfortante. Muchas de las cosas que hacemos lo padres giran en torno a tomar la mejores decisiones para nuestros hijos y siempre nos preocupa no haber escogido lo mejor.
En cualquier día determinado, debemos intentar tomar la mejor decisión posible con la información que tenemos y esperar que las investigaciones académicas, tarde o temprano, nos den una palmadita en la espalda por no habernos equivocado demasiado.
