El problema de hablar con fluidez

Esther Cepeda

Columnista

CHICAGO – Me crié bilingüe en una ciudad en que el diverso alumnado de las escuelas públicas habla unos 64 idiomas. Y como todos los demás en nuestra nación de inmigrantes, me he topado con retos tales como la dificultad de comunicarme con compañeros de trabajo llegados recientemente a Estados Unidos o de asistir a cursos universitarios enseñados por profesores cuya lengua materna no es el inglés y cuya habilidad con el idioma es limitada.

En la actualidad, tomo clases de esgrima coreano impartidas por una maravillosa familia de inmigrantes recientes, cuyos esfuerzos por hablar nuestro idioma deleitan mis oídos. Su cuidadosa pronunciación siempre me asombra; es increíble con qué rapidez se han adaptado a nuestra manera de hablar en sólo unos pocos años en este país.

Mis dos hijos, mi esposo y yo estudiamos con ellos durante más de un año y todavía casi se me saltan las lágrimas cuando no puedo contar hasta 10 en coreano correctamente ni comprender, a pesar de sus mejores esfuerzos, las simples instrucciones en inglés de los maestros. Valoro la experiencia a pesar de eso.

Como adultos podemos escoger cómo encarar situaciones en que un hablante no puede comunicarse con nosotros en un inglés claramente comprensible. Aquellos para quienes el inglés es su lengua materna siempre han aceptado con renuencia la habilidad lingüística, que siempre mejora, de los recién llegados, y esta frustración temporal propia del crisol de razas generalmente evoluciona hasta convertirse en un sólido inglés norteamericano.

Por otro lado, no hay motivo para que los estudiantes de las escuelas públicas —especialmente los que están aprendiendo a hablar inglés— tengan maestros que no cuentan con una alta fluidez lingüística en ese idioma.

Esperamos que ése no sea el destino de los jóvenes aprendices de inglés de Arizona, ahora que el estado se ha avenido a los pedidos del Departamento de Justicia de la Nación, de que deje de supervisar en la clase palabras incorrectamente pronunciadas y errores gramaticales de maestros cuya lengua materna no es el inglés.

El acuerdo fue creado de manera tal que Arizona pudiera evitar una mayor investigación y una posible demanda federal, después de una acusación de mayo de 2010, proveniente de una organización con sede en Phoenix, alegando discriminación anti-hispana. El grupo, denominado Centro de Derechos Civiles, expresó que el monitoreo en las escuelas del lenguaje de los instructores condujo a la remoción de maestros de sus aulas, sobre la base de su articulación.

Un representante de la Asociación de Educación de Arizona, el mayor sindicato de maestros del estado, expresó a The Associated Press que, incluso después de un seguimiento de quejas de hostigamiento a causa del acento, no había pruebas de que esas quejas estuvieran generalizadas. Tras casi una década de supervisión en las escuelas del habla de los maestros, el sindicato nunca había oído hablar del despido de un maestro a causa de los informes de monitoreo. Por lo contrario, se había ofrecido apoyo a los maestros para que mejoraran su destreza en hablar inglés.

Independientemente de la posición de cada uno sobre la “educación bilingüe” –muy a menudo eso significa que los estudiantes para quienes el inglés es un segundo idioma son separados en clases donde reciben las lecciones en su lengua materna, con pocas oportunidades para sumergirse en el inglés— deberíamos estar de acuerdo en que todos los maestros de las escuelas públicas que instruyeran en inglés deberían tener un excelente dominio de esa lengua.

Pero eso no siempre ocurre. Cuando me convertí en maestra bilingüe en Illinois, se esperaba que yo enseñara más que nada en español. Tuve que pasar un examen para demostrar que poseía sumo dominio de esa lengua, pero nadie me tomó un examen de inglés.

Se requería que los maestros que no habían obtenido su título universitario de cuatro años en una institución donde el contenido se impartía en inglés, aprobaran un examen de dominio del inglés administrado por el estado, pero a juzgar por algunos ejemplos de habla que escuché personalmente, el nivel requerido era lamentablemente bajo. Tuve muchos colegas, tanto en las escuelas como en las clases de educación a nivel de la maestría, quienes, cuando participaban en cursos de inglés o impartían instrucción en inglés a estudiantes, lo hacían con un inglés muy difícil de entender.

No es necesario un título de postgrado en Educación para saber que todos los estudiantes necesitan entornos ricos en el lenguaje. Los estudiantes de idiomas como segunda lengua necesitan esos entornos en inglés y necesitan que se los exponga a una excelente actualización del dialecto.

¿Cómo proveen los maestros que no hablan un excelente inglés de ese entorno a sus estudiantes? Muchos, simplemente, no lo hacen. Como profesora de enseñanza secundaria, había ciudadanos nacidos en Estados Unidos en mis clases “bilingües” quienes, tras años de asistir a ese tipo de instrucción, apenas si podían hablar inglés.

En Arizona, los distritos escolares individuales y las escuelas charter tendrán ahora la responsabilidad de examinar el dominio del inglés de los maestros, según requisitos legales del estado y federales.

Esperemos que sus esfuerzos no caigan víctima de la corrección política, que eclipsa el sentido común para pintar el objetivo de asegurar que todos los estudiantes de Estados Unidos se gradúen de la escuela secundaria sabiendo leer, escribir y hablar inglés adecuadamente, como una especie de complot de discriminación étnica.

La dirección electrónica de Esther J. Cepeda es estherjcepeda@washpost.com.