Un salvaje equilibrado

Roberto Ramírez

Agencia Reforma

Aun cuando se habla de deportivos, la pasión no es la única que manda, también la lógica cuenta. Así, encontramos que el mejor lugar para el motor no es la parte trasera, sino el centro.

Ese simple detalle le confiere al Cayman un balance que cualquier deportivo anhela, y que todo conductor agradece.

Cuando ese equilibrio se complementa con una planta de poder tipo bóxer de 3.4 litros, 330 caballos de potencia y 370 Nm por metro de fuerza de torsión en el eje trasero, entonces tenemos al Cayman más radical que ha fabricado Porsche: el Cayman R.

Sí, es un auto bien balanceado, pero también es salvaje. Su relación peso/potencia queda en 4 kgs/hp, de modo que siempre que uno se pone al volante del Cayman R se tienen las manos llenas y los sentidos en alerta, o al menos así debería de ser por salud física y mental.

Derivado del convertible Boxster, el Cayman es un coupé deportivo cuyo ADN es visible a kilómetros de distancia. Es un Porsche por donde se le mire: el frente alargado y en bajada, los faros que sobresalen, los costados con sus tomas de aire, y en el caso de este modelo R, el alerón trasero fijo deja ver su carácter visceral. Luce como un auto de competencia. Así se siente. Así se escucha.

Y sí, el Cayman R más que conductor necesita piloto. Para empezar no cualquiera cabe en sus asientos envolventes, firmes como su armazón de fibra de carbón y tan estrechos que simplemente no admiten demasiado sobrepeso.

Además de los asientos, el forro en alcántara del volante, el cronómetro en el tablero y detalles interiores al color de la carrocería son recordatorios de que se tata de un deportivo serio. “Cayman R”, te recuerda el estribo antes de, literalmente, ponerte el asiento al dejarte caer en él.

Quitárselo es un poco más complicado, pero cualquier paseo en éste bólido bien vale la pena la contorsión. Cada vez que se enciende un Porsche se evoca a Le Mans. La chispa que provoca la ignición cuando se gira la llave del lado izquierdo del volante (modo heredado de la mítica carrera por necesidad) es pirotecnia que celebra al fabricante con más triunfos en las 24 Horas de Le Mans: Porsche y sus 16 victorias en la carrera más famosa y demandante del mundo, a donde ya advirtió su regreso en 2014.

Un ronco rugido proveniente de atrás de los asientos amenaza de inmediato, se escucha claramente, se siente en el cuerpo; el aumento del ritmo cardiaco es inevitable. Si se compra uno de éstos es mejor no decirle al cardiólogo.

Las opciones de caja son 2: la romántica manual de 6 velocidades, y la moderna manual robotizada PDK de 7 cambios al volante para las generaciones “Play Station”.

A prueba tuvimos la PDK, y preferencias o generaciones de lado, hay que decir que su funcionamiento es simplemente soberbio.

En conjunto con el brutal empuje del auto y con el sonido del motor, el rápido accionar de la caja, ya sea en cambios ascendentes como en cambios descendentes, hace que uno en verdad se sienta piloto, más en el modo “sport plus”, que también tiene control de arranque, o “launch control”. Es una sensación realmente agradable que quieres repetir una y otra vez.

La aceleración es contundente, pero la frenada lo es más. Con el motor donde debe estar, y con su bajo centro de gravedad, el Cayman posee una capacidad impresionante de curveo; hablar de vicios como subviraje, sobreviraje o inclinación de la carrocería es inventar cuentos chinos, simplemente no existen.

Todo en este auto está bien balanceado: la misma capacidad que tiene para acelerar la tiene para detenerse, y para curvear, y para llamar la atención.

Toda la tecnología de Porsche en materia de seguridad ha sido aplicada al Cayman R. Múltiples bolsas de aire, controles de estabilidad y tracción, enormes frenos de disco ventilados en las 4 ruedas, ABS, asistencia al frenado, entre otros.

En materia de confort cuenta con aire acondicionado, sistema de navegación, audio con entrada auxiliar y para tarjeta SIM.

El Cayman R es un deportivo que se deja sentir, que demanda respeto de quien lo maneja, pero que compensa con intensas dosis de placer y adrenalina. No es que se requiera ser Sebastian Vettel para disfrutarlo, pero sí que tener nociones de conducción deportiva ayudan a aprovechar más su inmenso potencial. De ese modo, su manejo se vuelve adictivo.