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Cuando cae la noche se refugian en los túneles del canal del Río Tijuana, debajo de puentes o en improvisadas casas construidas con pedazos de madera, tela, plástico y lámina a orillas de las aguas, a unos metros del oxidado cerco que divide la frontera entre México y Estados Unidos.
Durante el día caminan a la deriva. O limpian automóviles si consiguen un cliente. Siempre andan huyendo del acoso de la policía local que, al igual que las autoridades estadounidenses, los detienen por no tener “papeles”: una credencial de elector o un comprobante de domicilio.
Así viven unos 350 inmigrantes en las alcantarillas de esta ciudad fronteriza.
De enero a junio de 2011, 254 inmigrantes fueron repatriados a Tijuana a diario. En los mismos meses de 2010 fueron repatriados 366 diariamente, según el Instituto Nacional de Migración mexicano.
De una u otra manera, la mayoría de los repatriados encuentra la manera de arribar a su lugar de origen una vez es dejado en la frontera. Pero algunos se quedan en Tijuana porque llegan desorientados y no conocen a nadie.
Sin dinero, acuden a los canales del río, ubicado a pocos metros de la Puerta México, en busca de una fogata prendida o el techo y precario abrigo que ofrece.
Sentado debajo de un árbol cerca del canal, después de caminar dos horas tras ser liberado de una prisión donde fue detenido preventivamente por 36 horas, “por caminar en la calle”, Jorge Alberto Dávila cree que vive una “pesadilla”.
“Todo el día con hambre y sed”, dice. Ayer me levantaron dos veces y me llevaron a la 20 (cárcel ubicada en la colonia 20 de noviembre) y ahorita otra vez, de ahí vengo ahora. Me levantaron sólo por andar caminando, no traer identificación”.
Dávila tiene rostro y cuerpo de adolescente a pesar de sus 24 años. Nació en San Luis Potosí. Desde hacía cinco años vivía con sus hermanos en Stockton, California, adonde llegó sin autorización legal y estuvo trabajando como carpintero en una constructora de casas. Pero una mañana lo detuvo la policía y le pidió que se identificara. Luego lo entregaron al ICE. En estas condiciones, un migrante deportado se vuelve un indigente a los dos ó tres días después de que fue repatriado, dice el párroco Ernesto Hernández Ruiz, director del comedor del Padre Chava.
En los últimos tres años, durante la administración del presidente Barack Obama, el número de deportados ha alcanzado el millón de personas: 931,792 sin incluir los repatriados durante junio y julio de 2011, según las cifras de la Oficina de Control de Inmigración y Aduanas estadounidense (ICE por sus siglas en inglés).
Un acuerdo bilateral de repatriación de mexicanos de San Diego, firmado por autoridades de ambos países el 18 de diciembre de 2008, habla de un trato “seguro, digno y ordenado y con apego a sus derechos humanos” de los deportados.
Vicki Gaubeca, directora del Centro Regional de Derechos de la Frontera, organización con sede en Las Cruces, Nuevo México, dijo que estos acuerdos no se siguen al pie de la letra.
“Nos hemos enterado, por ejemplo, de repatriaciones a la media noche de mujeres (en la frontera)”, dijo. “Además, hay un comité que supuestamente se reúne para vigilar estos acuerdos pero hasta la fecha no conocemos a algún miembro”.
Robert Culley, director para la oficina de Aduanas y Protección Fronteriza en San Diego, dijo a la AP que su departamento no deporta a mujeres a la medianoche. Sólo lo hace en horarios establecidos en el acuerdo: de 8 am a 6 pm.
El acuerdo binacional de 18 de diciembre de 2008 no contempla como característica vulnerable para los inmigrantes el que se les deporte a una ciudad que no conocen, explicó Culley. “Tijuana es México Y el acuerdo dice que debemos regresarlos a su país”, dijo.
