Lindsey Hall
Especial para La Raza del Noroeste
Palabras fuertes como “opresión” y “huelga” acentúan los colores brillantes, amarillos, azules y rojos, del mural “Somos Aztlán” en el Centro Cultura Étnico de la Universidad de Washington.
Por su gran contenido de asbesto [relacionado con el cáncer del pulmón y prohibido su uso en países desarrollados desde hace algunas décadas], los murales contaminados han sido considerados no aptos para ser trasladados al nuevo edificio. Como resultado, las obras de arte están en medio de un debate controversial, entre varias organizaciones de la UW.
“Nadie quiere deshacerse de ellas por el significado que tienen para la comunidad minoritaria”, dijo Sheila Edwards Lange, Vice Presidente de Asuntos Minoritario y Diversidad de la UW. “Ellas representan el legado de cambios que han ocurrido en la Universidad de Washington desde 1968”.
El Movimiento Estudiantil Chicano de Aztlán (MEChA) de UW ha iniciado una campaña para preservar los dos murales que decoran el Centro Cultural Étnico dentro del cuarto Chicano. El primer mural “Somo Aztlán”, fue pintado directamente sobre la pared, en 1971, por el artista latino y activista Emilio Aguayo. El segundo, “Viva La Raza” fue diseñado en 1998 por los estudiantes en la clase de Estudios Chicanos.
Con la esperanza de poder encontrar una solución razonable y efectiva, la subdirectora de MEChA, Roxana García, ha empezado a conectarse con la comunidad. “Estamos trabajando en conjunto con miembros de la comunidad, la Oficina de Asuntos Minoritarios y Diversidad y ex-alumnos”, dijo ella.
Haciendo hincapié sobre los aspectos únicos de los murales, García subrayó la importancia de ellos para la comunidad Chicana. “Los murales son una pieza integral de nuestra casa, y de nuestra identidad”.
La Universidad está trabajando para determinar la mejor opción para los murales, sin tener que retrasar la construcción. “Se está recopilando información acerca de los murales, su historia y el papel que juegan en la comunidad”, dijo Frank Martin, el jefe de construcción para la Oficina de Proyectos de la UW. La UW ha pedido el concepto a profesionales del Departamento de Arqueología y Preservación Histórica de Washington, como también a la Comisión de Arte del estado.
De acuerdo a Edwards Lange y Martin, una posible solución sería fotografiar los murales antes de que el edificio sea demolido y poner las imágenes sobre un material vidrioso, que sería colocado en la entrada del nuevo edificio cultural. Aunque no sería el arte original, serían copias que podrían tener similar sentido que los verdaderos murales han tenido por cerca de 40 años.
Y aunque no se sabe el destino de los murales, los esfuerzos por salvarlos, hechos por MEChA en particular, demuestran qué tan vitales se han convertido para la comunidad chicana.
“Ellas cuentan nuestras luchas”, dijo García. Y lo más importante, agregó ella, “los esfuerzos que continuamos haciendo para hacerle frente al estado y esta institución”.
