Celulares y revoluciones

Jorge Ramos

Columnista

Las revoluciones en México, China, Cuba y Nicaragua se hicieron con armas. Las de hoy, con celulares y la Internet.

El orden político del siglo XXI está siendo transformado por las nuevas tecnologías, conforme los pueblos oprimidos que desean libertad, igualdad y trato justo han encontrado formas nuevas de expresar esos anhelos como nunca antes. Han pasado ya los tiempos en que la censura oficial podía censurar lo que se presentaba en la televisión y los diarios – los dictadores no pueden silenciar a oponentes que están organizados en Twitter y Facebook. Las revoluciones que hemos visto en Egipto y en Túnez no podrían haber ocurrido hace unos años, cuando la mayoría de los ciudadanos en esos países no tenía teléfono celular ni acceso a computadoras. Pero el mes pasado, el gobierno del Presidente tunecino Zine el-Abidine Ben Ali no pudo frenar las protestas coordinadas mediante textos y tweets.

Tuvo que huir del país, y el Presidente egipcio Hosni Mubarak se enfrenta ahora a un movimiento similar de raíces populares.

En Egipto, los manifestantes también han logrado videograbar casos de abusos y brutalidad mediante sus teléfonos celulares y compartirlos con sitios sociales de la Red como Facebook, que es el segundo sitio más visitado en Egipto, después de Google. Facebook tiene 5 millones de usuarios en Egipto – el nivel más alto entre las naciones del Oriente Medio. En Túnez, un vendedor de fruta, Mohamed Bouazizi, se prendió fuego frente a un edificio gubernamental después de que sus mercancías fueron confiscadas por la policía. Su muerte, dos semanas más tarde, generó una profunda indignación y después manifestaciones populares a lo largo y ancho del país, coordinadas a través de teléfonos celulares y la Internet.

En ambas naciones, la tecnología fue el catalizador de un resentimiento popular que había estado latente durante 30 años en Egipto y 23 en Túnez. Sin celulares e Internet, esa inconformidad con las dictaduras no podría haberse manifestado.

Actualmente dos mil millones de personas en el mundo tienen acceso a Internet – dos veces más que en el 2005. Naturalmente, otros dictadores están muy preocupados por su acelerada pérdida de control, temerosos de que ellos pueden ser los siguientes blancos de la revuelta que está sacudiendo al mundo árabe. Los principales sitios de internet en China, por ejemplo, censuraron cualquier búsqueda que incluyera la palabra “Egipto”. Y Hugo Chávez, que se reelige una y otra vez, se está convirtiendo en el Mubarak venezolano.

En Estados Unidos, uno de los países más conectados del mundo, 93 de cada 100 estadounidenses son dueños de un celular, y cada uno envía un promedio de 6,000 mensajes de texto anualmente, según una encuesta del periódico USA Today.

El avance es vertiginoso. Crecí en un México donde había que esperar muchos años para que se instalara un teléfono en una casa. Y mi hijo Nicolás, de 12 años, no se puede imaginar que en mi universidad no había computadoras.

Por mucho tiempo me resistí a tener contestador, fax y beeper. Pero me clavé por completo cuando salieron los primeros celulares. Pocas veces me separo del mío. Duerme junto a mí. Lo justifico al decir que quiero estar siempre disponible para mis hijos. Aunque es algo casi adictivo.

Y no soy el único. Hace poco estaba haciendo fila en un restaurante y ocho de las 17 personas que esperaban – las conté – estaban usando su celular, a pesar de estar acompañados. El mensaje que estaban enviando era clarísimo: preferían hablar con alguien que estaba lejos que con la persona que los acompañaba.

Y ahora los dejo, me están llamando en el celular.