Por Esther cepeda,
The Washington Post
Uno sabe que hay algo fallido en el sistema educativo cuando ambos extremos del espectro político dicen lo mismo sobre el caso. El espinoso asunto de las evaluaciones de los maestros constituye un duelo entre la izquierda, que cree que no son útiles para identificar la excelencia o la negligencia, y la derecha, que cree que a causa de esa disfunción en las evaluaciones es casi imposible echar a los maestros incompetentes.
Todos los alumnos merecen maestros sumamente calificados, que sean eficaces en el manejo de aulas en las que los estudiantes progresen académicamente. Pero allí acaba el consenso. El Thomas B. Fordham Institute, un centro de investigaciones conservador, analizó recientemente normas y prácticas estatales y locales relevantes en 25 distritos escolares para determinar la manera en que permiten o constriñen el despido de maestros veteranos ineficaces. El instituto determinó que en 17 de esos distritos, los maestros pueden obtener y mantener empleo permanente independientemente de su desempeño; y en 12 distritos, despedir a un maestro ineficaz lleva como mínimo dos años.
El instituto creó una clasificación de distritos, según la facilidad o viabilidad, la dificultad, o la gran dificultad de despedir a maestros ineptos. No es de sorprender que los distritos escolares conocidos por el peor rendimiento de sus alumnos—como Chicago Public Schools, New York City Public Schools y Los Angeles Unified School District—tengan normas por las que es muy difícil despedir a maestros ineptos.
Parecería incontrovertible decir que deben cambiarse las protecciones que amparan a los maestros deficientes. Pero el argumento que prepondera en la izquierda es que esas protecciones rigurosas aseguran que los buenos maestros mejor remunerados, no se vuelvan fácilmente prescindibles. El problema es, por supuesto, cómo definir a “un maestro eficaz”.
Investigaciones recientes de Brown University sobre las reformas de las evaluaciones de maestros durante la época de la ley Carrera hacia la Cima y su impacto sobre la eficacia de los maestros hallaron que en 19 distritos que adoptaron reformas importantes para la evaluación de maestros, menos del 3 por ciento de los maestros fueron clasificados por debajo de competentes.
Varios estudios caracterizaron la evaluación de los maestros como un ejercicio superficial, que no evalúa la calidad de la instrucción ni moldea el desarrollo profesional de los maestros ni sus decisiones personales.
Echan la culpa de no poder diferenciar entre maestros eficaces e ineficaces a las decisiones conscientes de los evaluadores, que se ven abrumados con “problemas de implementación, intereses en conflicto, consecuencias no buscadas e incentivos contradictorios” como sentirse incómodos al expresar a los maestros que no son eficaces, volverlos, sin querer, menos receptivos a sugerencias sobre cómo mejorar la instrucción y hasta generar tensiones raciales.
Mark Dynarski, economista y presidente de Pemberton Research, expresó, escribiendo para la Brookings Institution, que actualmente las observaciones de maestros miden lo que los maestros hacen en las aulas, y los exámenes de los alumnos miden lo que los muchachos saben, pero que “el puntaje de las observaciones de los maestros y el puntaje de los exámenes de los alumnos muestran poca correlación.”
“No invertimos lo suficiente para comprender [lo que es] una instrucción eficaz y para medir la eficacia de los maestros”, escribe Dynarski. “Necesitamos más investigaciones para identificar las prácticas de los maestros que se relacionan directamente con el aprendizaje, en lugar de usar nociones sobre lo que deben hacer los maestros eficaces.” Hasta que las evaluaciones de los maestros no sean fiables, apolíticas y rigurosas y exijan responsabilidad con objetividad y justicia—arreglar sistemas en los que es casi imposible despedir a maestros ineficaces, continuará siendo una fantasía.
