La Pasión nunca muere

Alejandro Dominguez

La Raza del Noroeste

Humberto Crisanto, oriundo de Guerrero y residente de Kent, veía los juegos de México en su hogar o en el trabajo pero para ver el partido de los octavos decidió hacer algo diferente. Por eso fué a Cheves and Beer en Tukwila.

Antes del partido, dio su razón de porque cree que México no ha hecho un buen papel en el Mundial.

“Tiene jugadores como Blanco que son veteranos pero deberían de darles chanza a los jóvenes que tienen ganas de estar ahí,” dijo.

Crisanto era de los tempraneros que asistió al bar. Pero en el restaurante Mazatlán de Renton, no había cabida para todos los fanáticos.

El restaurante viste de verde gracias a los asistentes. Hay unos con camisas negras pero otros vestian casual. Hay familias con niños pequeños disfrutando de un almuerzo así como hombres solos tomándose una cerveza aunque no sea el mediodía todavía. Hugo Morales vino con su familia de cuatro y quiere que México gane.

“Amo el fútbol” exclama.

Marco Domínguez, de Michoacán y viviendo en Renton, es de los que está más cerca de uno de los televisores. Mientras espera el juego, carga a su hijo, Cristopher, de seis meses, quien trae puesta la camisa verde.

“Es mexicano. Bueno es mexico-americano y está apoyando a México,” dice.

El juego empieza entre gritos y la gente está animada en los primeros minutos. Empiezan a gritar con los primeros ataques aztecas.

Pero los gritos se callan cuando cae el primer gol argentino.

El silencio es superado por aplausos y gritos cuando la repetición muestra el fuera de lugar pero regresa cuando el gol no es anulado.

“¡Sácalo árbitro! ¡Sácalo!” grita una mujer.

El silencio y tristeza empeoran cuando cae el segundo gol.

“Nos meten otro gol y se acaba,” dice Domínguez a su esposa que está sentada delante de él y quien carga con Cristopher.

Domínguez no es el único que está analizando el juego porque varios gritan a los televisores dándoles instrucciones a los jugadores.

“¡Ábrela!”

“¡Ahí está!”

“¡Vamos, vamos!”

Aunque estamos en un restaurante, poca gente está comiendo. La mayoría ya acabó con su platillo.

Y un tiro desviado solo causa frustración en la gente que se tapa la cara. Cristopher es el único que está sonriendo en el restaurante.

En el medio tiempo la gente discute de estrategia y las copas se hacen más grandes – ya sea de alcohol o no.

Inicia el segundo tiempo y también los suspiros como lo hace una madre mientras cargaba a su hija.

“Era gol ese,” dice uno después de que un jugador argentino falla un tiro.

Pero no todo es angustia. Hay aplausos en especial con un México que sigue intentando anotar. Una mujer aplaude el empujón de Javier Hernández a un argentino.

La mujer que aplaudió fue Ninfa Muir, colombiana que está apoyando al equipo mexicano.

“Quisiera que México tuviera la opción de ganar la Copa,” dice.

Lejos del murmullo, Humberto Jiménez come solo y el resultado le ha caído mal.

“Se ve muy difícil que gane,” dijo el residente de Renton.

Enrique Vélez todavía grita el “si se puede”.

Pero llegó el tercer gol.

La derrota se ve venir y la gente sólo puede esperar en silencio y por un milagro que nunca llegará.

David Montoya dijo que el equipo ha perdido concentración pero que este ha sido el mejor cuado azteca en mucho tiempo.

“Tienen buena rapidez comparados con otros Mundiales,”” dijo Montoya quien viene de la Ciudad de México.

Llega el gol de Hernández y el restaurante explota con el grito de gol. Las caras tristes se vuelven en caras alegres. Por lo menos por unos segundos.

Y el silbatazo final llegó.

“Ni modo” se escucha una voz desconocida y después de unos segundos alguien grita.

“¡Viva México!” seguido por aplausos.

“Nos ganaron pero no nos vencieron,” dice un hombre saliendo del restaurante.

Y con aplausos, el sueño del Mundial se acabó.