No solo un juego– Una maquina del tiempo

Jorge Ramos

Columnista

Cualquiera que haya crecido en una cultura que idolatra el juego de fútbol quizá encuentre difícil entender por qué la Copa Mundial en Sudáfrica hará que millones de vidas pierdan el balance a lo largo del mes entrante. Reporteros deportivos internacionales lo llaman “fiebre mundialista.” Para mí, viajar a Sudáfrica para asistir al torneo ha significado, sencillamente, ser transportado a escenas de una infancia feliz. Crecí jugando fútbol con mis tres hermanos y varios de nuestros vecinos en la calle frente a la casa de mi familia, en la Ciudad de México. Usando dos piedras como porterías, jugábamos todo el verano, desde el momento en que acabábamos de desayunar hasta que el sol se ponía.

Mis rodillas estaban siempre cubiertas por dos enormes costras que se abrían y sangraban cada día con el primer balonazo. No me importaba. Lo importante era driblar a los rivales y meter gol, mientras toreábamos a los autos que pasaban entre nosotros.

En la escuela era la misma historia. Asistir a clases tenía sentido sólo por el recreo para jugar futbolito. El mejor halago que me podían dar mis compañeros era decir que había hecho una jugada o tocado el balón como Enrique Borja, el goleador mexicano más famoso de mediados de los años 60 y 70.

Hace unas semanas, el trofeo de la Copa Mundial 2010 estuvo durante unas horas en la ciudad de Miami, como parte de una gira mundial previa al inicio del torneo, el 11 de junio. Tuve el privilegio de posar para una foto con Borja — quien ahora es un alto ejecutivo del fútbol internacional — y luego se la fui a presumir a mi hijo Nicolás, de 11 años. Desde luego, no tenía ni idea de lo que le estaba hablando. Pero me dio unas palmaditas en la espalda y me dijo: “Qué bien papá.”

Pensar en el fútbol me regresa a los domingos por la tarde en casa de mi abuelo Miguel. Todos los nietos nos sentábamos frente a la gigantesca televisión de blanco y negro, devorando el acostumbrado plato de chicharrón mientras veíamos el partido.

En el medio tiempo, mi abuelo nos daba un vasito de rompope, un licor muy suave y dulce hecho con leche y huevos. El mareo ligero que nos causaba el rompope se había desvanecido antes del silbatazo final del juego, que marcaba el inicio de una larga comida familiar cuya sobremesa se extendía hasta la noche.

Estos recuerdos permanecen en mi mente, y se hicieron más valiosos desde que inicié mi aventura en Estados Unidos. Y hoy, todavía, juego fútbol los sábados por la mañana — pero ahora con un grupo de hombres entusiastas que aún tratan de jugar como si fueran jóvenes y terminan llenos de vendas y olorosas pomadas para el dolor.

Bueno, juego siempre y cuando no tenga que llevar a mi hijo a torneos con su equipo. Casi por ósmosis, Nicolás absorbió desde niño mi pasión por el fútbol y estoy seguro que se la transmitirá también a sus hijos. Nicolás me está acompañando en Sudáfrica para la Copa Mundial y, sin duda, estoy más emocionado por su compañía que por ver a los mejores jugadores del planeta.

Sin embargo, en Estados Unidos el fútbol no se juega en la calle, como yo lo hacía en México. Sospecho que esos jóvenes jugadores estadounidenses, jugando en canchas de pasto sintético mantenidas impecables por profesionales, perfectamente uniformados y bajo la supervisión de un árbitro, no se divierten tanto como lo hicimos mis hermanos y yo hace tantos años. Nosotros jugábamos para divertirnos; ellos juegan para ganar.

Pero, por eso vine a Sudáfrica y por eso veré la mayoría de los 64 partidos de la Copa (y los veré de nuevo más tarde en TV, en horarios terriblemente inconvenientes): para recordar una época de mi vida cuando nada, absolutamente nada, era más importante que el fútbol. Una época en que sentí que podía rozar el cielo.