Por CHRISTOPHER SHERMAN
Associated Press
EL PASO, Texas, EE.UU. (AP) — Cuando los narcotraficantes mexicanos necesitan que alguien se encargue de un asesinato o un secuestro, o de distribuir drogas en Estados Unidos, con frecuencia creciente acuden a “contratistas locales”: pandilleros presos, que siguen manejando grandes operaciones desde la cárcel, incluso cuando están sometidos a un régimen de incomunicación.
Los pandilleros presos controlan un ejército de matones que están libres. En el pasado se dedicaban mayormente a la venta de drogas a nivel callejero. Pero las autoridades dicen que en la última década se han involucrado más en el tráfico de drogas y forjado estrechas relaciones con los carteles mexicanos.
“Hacen el trabajo sucio que no quieren hacer los carteles”, comentó un ex miembro de la pandilla Barrio Azteca, vinculada con el cartel de Juárez.
Ambos bandos se benefician: Las pandillas ofrecen a los carteles una cantidad de matones experimentados y una amplia red de distribución, en tanto que los carteles ofrecen a los pandilleros presos drogas a precios rebajados y apoyo logístico.
Los pandilleros presos apelan a distintas tretas para manejar sus negocios desde adentro de las cárceles: un lenguaje con signos, cartas a través de terceros, la complicidad de funcionarios corruptos y conferencias telefónicas usando celulares ingresados a la prisión a escondidas. Se dice que incluso emplean antiguos dialectos aztecas para que los censores no sepan de qué hablan.
La agente especial del FBI Samantha Mikeska, que investiga Barrio Azteca desde hace una década, se pregunta si sirve de algo poner a los pandilleros entre rejas.
“Creo que les damos más poder”, afirmó.
El último informe anual del Departamento de Justicia indicó que hay pandillas operando desde la cárcel en los 50 estados y que cada vez tienen más influencia en el tráfico de drogas.
Las autoridades han documentado numerosos lazos entre los pandilleros detenidos y los narcotraficantes.
Por ejemplo, fiscales de San Diego encausaron el año pasado a 36 personas en un caso en el que se comprobaron vínculos entre la Mafia Mexicana de California y el cartel Arellano Félix de Tijuana.
Baldemar Rivera dirigió por años las operaciones de la pandilla de Texas Raza Unida a pesar de estar en un régimen de aislamiento, algo común con los pandilleros presos.
Rivera, quien luce anteojos y es conocido como “el profesor” por su personalidad aparentemente tranquila, dice que usó un lenguaje de signos para hablar de negocios con los subordinados que lo visitaban en la prisión. Si necesitaba comunicarse con pandilleros de otras cárceles, recurría a sus colaboradores, también presos, para que les escribiesen.
“En tres o cuatro días se sabía todo”, manifestó Rivera, quien tiene hoy 50 años y cumple en una cárcel de seguridad intermedia de Cuero una sentencia a 60 años por asesinato. Dice que se alejó de las pandillas hace una década, tras cumplir con un programa que ofrece el estado para quienes quieren abandonar esa vida.
Rivera dirigía Raza Unida en la década de 1990, cuando los presos podían comunicarse mediante cartas. Ahora emplean teléfonos celulares. Las autoridades confiscaron 1.200 en prisiones de Texas el año pasado.
Los reos de Texas no pueden cartearse entre sí ahora, pero lo hacen a través de terceros. Uno, por ejemplo, le envía una carta a su novia y esta se la hace llegar a otro preso.
También realizan conferencias telefónicas arregladas por colaboradores desde afuera de la cárcel. Para burlar a los censores de correspondencia, algunos emplean el antiguo idioma azteca náhuatl, según el agente especial del FBI Armando Ramos. “Honran su herencia y (los censores) no entienden lo que dicen”, señaló.
A veces reciben ayuda de empleados corruptos. Una mujer que trabajaba en los tribunales de El Paso fue condenada por hacer de mensajera entre reos y colaboradores libres.
En al menos dos casos, pandilleros presos relataron cómo recibían dinero de actividades ilícitas realizadas afuera de la cárcel, incluidas extorsiones y venta de drogas. Un agente del FBI declaró que Mafia Mexicana recibía en un penal de Texas por lo menos 8.000 dólares a la semana, y a veces hasta 40.000, tan solo de las operaciones en San Antonio.
“Drogas, uno no tiene ni que pedirlas, porque le llegan solas”, afirmó un ex pandillero de Barrio Azteca, que pidió no ser identificado por temor a represalias.
El contrabando llega a través de empleados corruptos, de abogados y de visitantes. Se paga con el dinero de las operaciones afuera de la prisión. Un celular cuesta hasta 2.000 dólares. Los artículos son colocados en sitios arreglados de antemano, donde los reos pueden recogerlos cuando realizan sus tareas dentro de la cárcel.
En una ocasión fueron hallados 60 teléfonos en un compresor de aire destinado a un taller de la prisión.
Cuando un pandillero recupera la libertad, debe reportarse a los jefes de su banda y ayudar a generar dinero para los capos presos, generalmente vendiendo drogas.
Se calcula que hay un millón de pandilleros en Estados Unidos. Pandillas de prisiones como Mafia Mexicana, Texas Syndicate, Hermandad de Pistoleros Latinos, Raza Unida y Mexikanemi cuentan con unos 145.000 miembros. Pero controlan la mayor parte de las actividades fuera de las cárceles, especialmente en el sur de California y en el sur de Texas.
George Knox, director del Centro Nacional de Investigación de los Delitos de Pandillas (National Gang Crime Research Center) de Illinois, dice que no se han estudiado demasiado los lazos entre las pandillas de las prisiones y los narcotraficantes mexicanos.
“Es como una caja de Pandora que nadie quiere abrir”, manifestó.
Robert Walker, ex agente de la Administración de Control de Drogas (DEA, según sus siglas en inglés), sostuvo que “es absolutamente imposible impedir que los pandilleros presos manejen sus intereses afuera de las prisiones”.
Señaló que los reos tienen mucho tiempo para idear formas de burlar a los carceleros y que “en la mayoría de los casos no les importa exponerse a nuevas condenas porque ya cumplen penas a cadena perpetua”.
