El presidente mexicano en el congreso de Estados Unidos

Maria Elena Salinas

Columnista

El presidente mexicano Felipe Calderón no sólo es recibido con una ceremonia oficial a su llegada a Washington esta semana, sino que además él y la primera dama Margarita Zavala son homenajeados con una cena de estado en la Casa Blanca. Calderón tendrá también el honor de estar en la corta lista de líderes extranjeros que tienen el privilegio de hablar ante una sesión conjunta del congreso.

Al hacer el anuncio, la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi dijo, “como presidente de México, nuestro vecino y amigo, estaremos escuchando el mensaje del presidente Calderón para el pueblo norteamericano.” Y continuó diciendo: “Las relaciones con México son de importancia extrema para Estados Unidos. Las palabras del presidente Calderón ante el congreso nos dará una renovada oportunidad de consolidar nuestros lazos de amistad, de discutir nuestros retos y de acoger oportunidades comunes.”

Estas palabras tienen un rasgo de carácter familiar. Se asemejan a lo que se dijo sobre Vicente Fox cuando se convirtió en el primer presidente mexicano en dirigirse ante una sesión conjunta del congreso norteamericano en el año 2001.

Fue el 6 de septiembre, para ser exactos. Era un momento histórico en las relaciones de Estados Unidos y México. “Nuestros dos países están viviendo actualmente en una era que es única en la historia de nuestras relaciones una era llena de retos que tenemos que enfrentar unidos, y de oportunidades que debemos tomar juntos,” dijo Fox.

La reforma migratoria y la legalización de millones de mexicanos indocumentados encabezaban su agenda. Dijo a los miembros del congreso: “Como lo muestra la historia de este país, la inmigración siempre ha redituado más beneficios económicos para Estados Unidos, que los costos que exige.” El presidente George W. Bush acogió cautelosamente en ese entonces la idea la reforma migratoria aunque se oponía a una amnistía.

Por supuesto ni Fox ni su amigo Bush habrían podido imaginarse en aquel momento que cinco días después todo cambiaría. Los atentados terroristas del 9/11 nos mostraron lo vulnerables que somos ante el odio.

De repente los inmigrantes, particularmente aquellos que cruzaban nuestra frontera del sur, se convirtieron en el enemigo ante los ojos de algunos norteamericanos, y una amenaza potencial. Sin importar que ninguno de los terroristas del 9/11 cruzó la frontera desde México.

Casi nueve años han pasado desde que un presidente mexicano habló directamente al pueblo norteamericano y una vez más México está en la mira de Estados Unidos y resurge el debate de una reforma migratoria, pero esta vez no bajo las mejores circunstancias.

Cuando el presidente Calderón visite Washington tendra que hacer frente a algunos temas espinosos. La violencia cada vez mayor en su país que ha cobrado más de 22,000 vidas desde que él declaró la guerra a los carteles de la droga y su efecto en ciudades a ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México. Y la nueva ley de Arizona que en el fondo lo quiere es sacar del estado a los mexicanos.

El presidente Calderón ha criticado la ley diciendo que es una violación de los derechos humanos, que abre las puertas hacia “la intolerancia, el odio y la discriminación.” Su gobierno emitió una alerta respecto a Arizona de que “debe asumirse que cada ciudadano mexicano puede ser acosado y cuestionado sin causa en cualquier momento.” Irónicamente, después de que la ley de Arizona fuera aprobada, Amnistía Internacional criticó a México por su propio trato a los inmigrantes indocumentados, especialmente de Centroamérica.

Calderón enfrenta un duro balance durante su visita a este país. Independientemente de toda la pompa y circunstancias necesitará exigir respeto para sus connacionales en este país y presionar para una reforma migratoria mientras que intenta explicar por qué él no ha creado el ambiente para hacer que los mexicanos quieran permanecer en su propio país. Y debe también aclarar por qué, con todos los recursos invertidos en la guerra contra las drogas, su gobierno todavía no ha podido parar el derramamiento de sangre.

Bienvenido Presidente Calderón, buena suerte, tiene una difícil tarea por delante.