El menú de un comedor puede indicar las diferencias en la educación

Por Esther Cepeda,

The Washington Post Co.

Al seleccionar la universidad para sus hijos ¿deben los estadounidenses de buena posición económica considerar que esa decisión es un acto moral?

¿Ha hecho, la carrera por comodidades de lujo en las universidades de primera clase, que la decisión de una familia que paga la matrícula entera de enviar a un hijo a una universidad con menos lujos se convierta en un acto de justicia social?

Todo eso es especialmente evidente en una miniserie de tres episodios, en este momento transmitida en “Revisionist History”, sobre los logros académicos de los más necesitados en nuestro país. Se inició con un episodio—40 minutos conmovedores, exasperantes, desgarradores—titulado “Carlos Forgets”, que ilustra el motivo por el que, aunque muchas universidades intentan reclutar muchachos inteligentes de zonas pobres, la mayoría de ellos nunca llega a universidades apropiadas para su talento. El tercero, que aun no salió al aire, trata sobre la filantropía dedicada a la educación.

El tema del segundo, que acaba de salir, se centra en los canjes que deben hacer las universidades cuando intentan reclutar a estudiantes de bajos ingresos que desean “educar” y también a los estudiantes que pagan el total de la matrícula y que subsidian las becas que hacen posible lo primero.

El episodio “Food Fight”, compara la comida de las cafeterías de Vassar College y Bowdoin College—dos universidades pequeñas, de elite en el Nordeste—que de manera muy diferente, proporcionan lujo para los estudiantes que pagan toda la matrícula, pero también admiten a estudiantes totalmente becados. Según las cifras de Gladwell, 23 por ciento de los alumnos de Vassar son de bajos ingresos, lo que la convierte “en la universidad privada más accesible de la tierra”, mientras Bowdoin, solo cuenta con un 13 por ciento de esos estudiantes.

¿La otra diferencia importante?

Vassar gasta unos 62.000 dólares en cada uno de los estudiantes de bajos ingresos para proporcionarles vivienda, alimentación y educación—y escatima en dormitorios elegantes y comida mejor en el comedor. La vivienda en Bowdoin, en cambio, se considera la segunda en calidad en la nación. La cafetería se maneja como un restaurante con estrellas de Michelin y figura, en varias listas de universidades, como la mejor en brindar la comida más sabrosa y saludable de la nación. Nuevamente, el problema es que, los estudiantes acostumbrados a vivir en esa opulencia en casa y que la exigen cuando van a la universidad ayudan a pagar a los muchachos que no pueden asistir sin una beca total. Si Vassar no puede atraer más estudiantes que paguen toda la matrícula, menos estudiantes talentosos de bajos ingresos tendrán la oportunidad de estudiar allí. Por lo tanto, la decisión de comer como un rey o como un pobre en los comedores universitarios puede verse como una cuestión moral. La respuesta de Gladwell es: “Si está buscando universidades de cuatro años de humanidades … no den su dinero a Bowdoin o a ninguna escuela que sirva una comida espectacular en su comedor. Porque cada vez que apoyan una escuela que gasta su dinero en comida espectacular, cada vez que escogen panqueques de berenjenas a la parmesana y langosta asada y venado durante la temporada de los ciervos, dificultan más que alguien como Catherine Hill [presidenta de Vassar College] cree oportunidades para los muchachos pobres.” Lo que no puede ignorarse es que, incluso con ajustes inflacionarios, la universidad está más lejos de las posibilidades de la clase media y baja de lo que jamás ha estado y al mismo tiempo es más esencial que nunca para el éxito económico de toda una vida. El debate sobre el acceso a la universidad vs. el lujo ha aumentado en vigor en la década pasada. Mientras Estados Unidos se enfoca más en la creciente brecha entre ricos y pobres, es un asunto que merece mucha más atención y consideración.