Maria Elena Salinas
Tengo buenos recuerdos de mi niñez creciendo en Los Ángeles en un ambiente bilingüe y bicultural. En el día de Acción de Gracias mi familia disfrutaba de una cena compuesta de pavo, puré de papa, camotes, y además arroz y frijoles con tortillas. Celebrábamos la fiesta de independencia el Cuatro de Julio viendo los fuegos pirotécnicos y escuchando música de mariachis. Nos despertábamos temprano para ir al desfile de la independencia de México en septiembre y al Desfile de las Rosas el día de año nuevo. Y hasta hoy le sigo poniendo salsa picante a la pizza y jalapeños a mis hot dogs.
Este momento de nostalgia no es una coincidencia. Estamos en medio de la celebración del Mes de la Herencia Hispana y los recuerdos los tengo por doquier. Es la época cuando nuestro país reconoce el aporte de los hispanos a nuestra sociedad y honra a aquellos Latinos que han influido y enriquecido nuestra nación.
El otro día en la escuela de mis hijas fui una de cinco madres hispanas que hablaron con los niños acerca del papel que nuestra etnia juega en nuestras carreras profesionales. Además de mi exposición estuvieron dos médicas, una abogada de inmigración y una ejecutiva bancaria. Todas hemos tenido diferentes experiencias de vida, pero existe entre nosotras un denominador común: Venimos de familias que nos inculcaron el orgullo de nuestra herencia cultural y nos enseñaron los valores inherentes a nuestra cultura. Estos incluyen honradez, fortaleza, compasión, prudencia, respeto y una enorme ética laboral.
Aunque nací en este país, hablé español antes que inglés y me asegure de que mis hijas lo hicieran también. A pesar de que no todos los latinos lo hablen, para la mayoría de las familias hispanas el uso del idioma español es una manera muy importante de transmitir nuestra herencia cultural. Es algo que nos une a todos como latinos. El español fue realmente la lengua materna hablada en este país por los colonizadores europeos en 1513 y el primer asentamiento hispano en el área continental de Estados Unidos fue San Agustín, Fla., fundada por los españoles en 1565.
A comienzos de este mes cuando asistí a una recepción con motivo del Mes de la Herencia Hispana en casa del Vicepresidente Joe Biden, también recordé cuán lejos hemos llegado como minoría étnica.
Imagínese lo que significa pasearse por la residencia en el Observatorio Naval rodeado de música de mariachis y saboreando quesadillas y empanadas.
En la recepción había docenas de líderes hispanos, miembros del Congreso y del gabinete, entre ellos la Secretaria del Trabajo Hilda Solís. La conozco desde hace varios años. De hecho ella fue una de las primeras personas que entrevisté cuando comencé mi carrera de periodismo en Los Ángeles a comienzos de los años 80 y ella acababa de comenzar a participar en actividades políticas. Ahora ella es la Señora Secretaria.
No me imagino que en aquella época ni la Secretaria Solís ni yo hubiésemos sido invitadas al hogar del vicepresidente de Estados Unidos. Pero los tiempos han cambiado. Entonces éramos 14 millones de hispanos en Estados Unidos y ahora pasamos de los 47 millones, según las últimas cifras de la Oficina del Censo. Los latinos hemos crecido no sólo en número sino también en influencia política.
Hay más latinos en posiciones importantes en el gobierno que nunca antes. El diez por ciento de las personas nombradas en la administración de Barack Obama que requieren ratificación del senado son hispanas, cerca del doble que los nombrados en las pasadas administraciones de George W. Bush o Bill Clinton dentro del primer año de gobierno. Además hay más de 30 hispanos que trabajan en La Casa Blanca en todos los niveles.
En mi etapa de crecimiento, como joven hispana, pude disfrutar de los sonidos, los sabores y los olores de dos mundos muy diferentes que se mezclaron para llegar a ser uno. Me sentía privilegiada de poder tener dos culturas.
