Supera al original

Alberto Bortoni

Agencia Reforma

En muchas ocasiones, cuando una armadora saca un nombre de antaño, sobretodo uno ligado a vehículos de alto desempeño el resultado es un auto que aprovecha los éxitos de antaño sin merecerlos.

El caso del Shelby GT500 no es uno de estos; quizá incluso suceda al revés y es que el nuevo modelo es quizá más de lo que el original era en la década de los sesentas.

Mustang ha demostrado ser uno de los modelos más exitosos en la historia de Ford. Es uno de los autos que rodean el aura que fusiona historia con desempeño y el máximo exponente de la gama Ford en estos dos temas es sin duda el Shelby GT500.

La experiencia de conducir un GT500 comienza desde que se enciende el auto. Los motores V8 siempre se han caracterizado por emitir un suave ronroneo en ralentí, pero el del GT500 ruge en el instante que se prende, dejando muy en claro que este es un auto que puede hacer daño si el conductor se descuida aunque sea unos instantes.

El motor del GT500 es un motor completamente diferente al que se encuentra en el Mustang GT. Este es un motor más grande, de 5.4 litros en lugar de 5 y con un supercargador que se asegura de que tenga suficiente aire en las cámaras de combustión para generar sus 550 caballos de potencia y 510 lb-pie de par.

Es un motor nuevo en su construcción y es que Ford ahora ha colocado un monoblock de aluminio en lugar de hierro como era en el modelo anterior. Las modificaciones le han significado unos 10 caballos más de fuerza y unas 102 lb menos de peso.

La transmisión es de seis velocidades manual; es una transmisión fabricada por Tremec a la que Ford le ha colocado una palanca de velocidades recortada. La acción de la palanca es corta y se pueden sentir los acoplamientos mecánicos con cada cambio realizado. Una sensación burda, pero que resulta un muy apropiado recordatorio que se viaja en un modelo de cuidado.

Ford argumenta que han hecho muchas adecuaciones a suspensión y al chasis para hacer de este GT500 un auto con mejor manejo en curvas que el anterior. La realidad es que aunque tiene buena capacidad en curvas, el Shelby sigue siendo un auto para las rectas.

Si el camino es lo suficientemente largo pocos autos en la calle podrán mantenerle el paso y ninguno en su nivel de precio.

Acelerar a la máxima capacidad del GT500 no es cosa sencilla y aun con los controles electrónicos requiere de concentración y habilidad.

A fondo el conductor tendrá que corregir constantemente la dirección pues el eje trasero pasaría sobre las ruedas delanteras si le fuera posible; en el mejor de los casos lo intentará y será necesario corregir el rumbo mientras se acelera.

Y la corrección del conductor tendrá que ser instantánea, tal y como es la respuesta del motor ante las exigencias del acelerador. No hay mucho tiempo para titubear, el auto responde de forma inmediata y con toda la potencia disponible. Incluso a velocidades altas, si se presiona el acelerador a fondo las ruedas traseras estarán buscando cualquier oportunidad para perder tracción y sorprender al conductor.

La aceleración es sorprendente; cuando el motor va revolucionado en plena aceleración el supercargador zumba al meter todo el aire a presión. Los sonidos y la sensación de potencia actúan en las glándulas suprarrenales liberando una gran cantidad de adrenalina.

Después de breves segundos no queda otra opción que soltar el acelerador y frenar, pues en un auto que tarda poco más de 4 segundos en llegar a 100 km/hr no se puede disfrutar de aceleración máxima por periodos largos sin poner en riesgo la integridad física y la salud mental.

En control de la situación el Shelby es uno de los modelos más divertidos de manejar pues para ir rápido exige que el conductor verdaderamente maneje. Mantiene las ayudas electrónicas, que seguramente entrarán en los momentos apropiados, pero aun con ellas la responsabilidad del control del auto descansa únicamente en el criterio del conductor.

Pero el Shelby tiene algo que muchos otros autos de su nivel de desempeño carecen y es que se pude manejar tranquilamente. El motor tiene una gran flexibilidad gracias a su tamaño y puede andar tan a gusto a niveles ligeramente por encima de las mil revoluciones como en niveles cercanos a su limitador electrónico que está por las 6,250 rpm.

El auto puede circular a bajas velocidades y reduce uno de sus principales inconvenientes, que es el consumo de combustible. Evidentemente esto es más fácil decir que hacer y es que se requiere de mucho temple para no caer en la tentación de presionar el acelerador.

El interior también resulta distintivo con respecto al Mustang GT aunque en menor proporción. Pero para tranquilidad de sus compradores no se olvidará que el auto en cuestión es un Shelby; no porque esté la cobra en el volante sino por la respuesta al acelerador, al freno y a la dirección.

Por dentro es fácilmente diferenciable de un Mustang normal; lo distinguen una fascia más estilizada, un cofre con tomas de aire, rines diseñados exclusivamente para este modelo y un difusor en la parte trasera entre otros detalles adicionales. Estéticamente es prácticamente idéntico al modelo 2010.

Sin duda el Shelby GT500 hace honor a su nombre. Es un auto explosivamente rápido capaz de sorprender.