¡Alto! Pon límites

Paloma Villanueva

Agencia Reforma

Repetirle 15 veces a un niño que no interrumpa una conversación, negarle el celular a una adolescente o prohibir las fiestas a un joven si no llega a la hora acordada no es fácil pero es necesario y útil, sostiene Julia Borbolla, psicóloga con más de 30 años de experiencia.

Poner límites no es lo mismo que tomar represalias, aclara la psicoterapeuta especializada en niños y adolescentes.

“Un límite marca hasta dónde se puede llegar, implica un espacio; y una represalia es como una venganza por algún acto cometido y muchas veces los papás confundimos esto y por eso sentimos que si ponemos límites estamos agrediendo y no es así”, apunta.

¿A que edad debo

poner limites?

El momento para empezar a establecer límites es desde que los hijos son bebés, señala la autora de “Profesión: mamá. Una guía para ejercerla”.

Definir una zona de juegos y pedirle que no la rebase, repetirle que no debe tocar los enchufes eléctricos o los instrumentos de trabajo de sus padres, puede darles seguridad de dónde sí pueden moverse.

Conforme van creciendo, los niños prueban hasta dónde pueden llegar, incluso hacen cosas que sus padres les han dicho que no hagan porque al estar prohibidas son más atractivas, por eso los papás deben ser constantes y consistentes.

“No podemos un día dejarlos que hagan lo que quieran y otro día regañarlos porque no están respetando los límites. También tenemos que ser consistentes, hacerlo siempre de la misma manera, no puedo un día pegarle un grito a mi hijo porque está corriendo en la sala y otro día morirme de risa”, ejemplifica.

Ser constantes

es la clave

Si los papás no son constantes y no refuerzan los límites las veces que sea necesario, los niños se descontrolan y pueden volverse agresivos, impulsivos o muy retraídos.

Los límites que tienen que ver con cuestiones económicas, tienen especial trascendencia para el futuro de los niños, porque quitarles cosas materiales es una oportunidad para que aprendan a ganárselas con trabajo, méritos y esfuerzo.

“Los padres a veces damos en exceso por compensar lo que no tuvimos, por ejemplo, si yo nunca tuve un carrito de pedales, lo primero que hago es comprárselo a mi niño, pero ese es un pretexto, en realidad es para mi niño interior, y ahí estamos siendo un poco egoístas”, dice Borbolla.

Otra razón por la que los papás podrían ocupar el dinero del gas, la luz y la renta para conceder un capricho a su hijo es por culpa, porque creen que deberían ser mejores padres o dedicar más tiempo a sus hijos.

Cosas materiales

ó tiempo de calidad

“Tenemos muchos casos en el consultorio de niños saturados, niños que no saben qué quieren y que nada les ilusiona, nada les motiva porque están empachados de cosas, empachados de juguetes, de artículos, y entonces es una especie de castración de la ilusión”,

describe la psicóloga.

Además, dar a un niño todo lo que pide también implica que nunca tiene que elegir -ni renunciar- a nada y esa incapacidad de elección puede traducirse en problemas para decidir …

qué carrera quieren estudiar, dónde quieren trabajar o con quién quieren compartir su vida.

No es fácil decir “no” a un hijo cuando pide algo, reconoce la psicóloga, pero cuando los papás se encuentren en ese momento deben pensar que están haciendo lo correcto.

“El decir ‘no’ a un hijo es un acto de profunda valentía y amor maduro, implica renunciar a mi satisfacción de verlo feliz.

“Cuando un papá o mamá nos atrevemos a decir no, tenemos que pensar que estamos siendo muy generosos con nuestros hijos y no sentirnos culpables porque los estamos fortaleciendo”, explica.

Darles todo a los niños no implica que van a ser felices, argumenta la psicóloga, y reta a los papás a recordar dos cosas: ¿qué juguete les regalaron cuando tenían 8 años? y ¿a qué jugaban con sus papás cuando tenían 8 años?. Lo que se haya quedado en su memoria es lo más significativo.

“Lo que tenemos que hacer es ayudarles a ver lo que sí tienen, que no pueden comprar y que es realmente valioso como la familia, el cariño de alguien, un talento, una experiencia vivida, etcétera; eso sí hace feliz a una persona”, compara.