Crisis de Identidad Latina

Esther Cepeda

Columnista

El crisol de razas que funde las singulares características de los recién llegados de todo el mundo en un Estados Unidos diverso parece estar enfriándose –al menos cuando se trata de los latinos.

¿O debería decir hispanos? ¿Chicanos? Algunos están remontándose bien atrás en su ascendencia y adoptando el nombre de “amerindios”, en reconocimiento de sus ancestros indígenas de las Américas (los críticos de la blogoesfera a veces se refieren a ellos como “indigenazis”).

Realmente, hay tantos asuntos importantes que enfrentan los hispanos en este momento –falta de trabajo, niveles inadecuados de educación, la epidemia de la obesidad– que uno pensaría que queda poco tiempo para dedicar a una discusión que debe ser simple: Identifíquense primero como estadounidenses y consideren su subgrupo étnico como un dato menos importante. Tranquilos, la Oficina de Censos no está ahí para “agarrarlos”.

Pero no. Para algunos, la palabra “americano” es un término cargado, utilizado cruelmente por residentes estadounidenses que siempre olvidan, convenientemente, que Canadá, México, América Central y Sudamérica son parte de “las Américas” y, bueno, ya ven lo que enfrenta el crisol de razas.

Entonces, ¿por qué la manía de las etiquetas? Lo atribuyo, simplemente a una mentalidad de la “generación yo”: Todo el mundo es especial –en su propia manera– y la autoestima, la individualidad y la auto-expresión importan más que ninguna otra cosa. Pero otros le echan la culpa a un racismo institucional de larga data.

En un ensayo publicado recientemente, “Perpetuating the Marginalization of Latinos: A Collateral Consequence of the Incorpporation of Immigration Law into the Criminal Justice System” (Perpetuación de la marginalidad de los latinos: Un efecto secundario de la incorporación de la Ley migratoria en el sistema de justicia penal), Yolanda Vásquez, que da clases en la Escuela de Derecho de la Universidad de Pennsylvania, expresa que los latinos no pueden ser aceptados ni adquirir legitimidad en este país porque están estrechamente asociados con el tema de la inmigración ilegal. En su conjunto, sostiene Vásquez, se los ve como delincuentes, que suponen una amenaza para la seguridad nacional. Vásquez echa la culpa a las políticas que criminalizan la inmigración ilegal, las que, expresa, fluyen de los más de 200 años de opresión de los hispanos, en este país, sancionada por el gobierno.

Aunque estoy en total desacuerdo con su conclusión de que el racismo es lo que ha impulsado la política de la ley migratoria –todo grupo de inmigrantes ha trascendido la discriminación, y las leyes son, en general, un reflejo de los valores de los electores– sin duda Vasquez tiene razón en lo referido a la legitimidad de los latinos en este país. A pesar del hecho de que desde el 2000 la abrumadora mayoría de la población latina es un producto de nacimientos y no de la inmigración, tanto los hispanos como los no-hispanos insisten en equiparar a los latinos con inmigrantes.

“Ahora mismo la gente está diciendo, ‘Soy latina e hispana, pero estar orgulloso de mi proveniencia no significa que no sea una estadounidense igual a los demás’”, me dijo Vásquez. “Eso surge directamente del sentimiento de ‘si tú como sociedad no me tratas como a una igual, muy bien, seré otra cosa.’ Hasta que no vivamos en una sociedad que no crea que la diversidad equivale al derrumbe de la cultura, entonces la mentalidad es que que o uno va a ser el ‘otro’ o va a tratar de ser ese americano blanco, porque no hay término medio”.

Abandonemos la cuestión de las etiquetas –confiemos en el todopoderoso crisol de razas de Estados Unidos y permitamos que ejerza su magia.

La dirección electrónica de Esther J. Cepeda es estherjcepeda@washpost.com.