Esther Cepeda
Columnista
Bueno, finalmente pasamos un inquietante momento en el camino hacia el fin del mundo.
No la profecía del calendario maya sobre el cese de la vida tal como la conocemos el 21 de diciembre de 2012 –la mayoría de los expertos mexicanos en arqueología están de acuerdo con que la tableta de piedra de 1300 años de antigüedad, que supuestamente predice la destrucción, marca, meramente, el fin de un ciclo del calendario maya.
Soy abierta y honesta sobre el triste hecho de que un iPhone es mi constante compañero –la primera “cara” a la que miro por la mañana y la última “voz” que oigo por la noche– y estoy comenzando a pensar que, de una u otra forma, los teléfonos inteligentes nos conducirán a un fin prematuro.
Tan pronto como oí que la Junta Nacional para la Seguridad en el Transporte (NTSB, siglas en inglés) pidió un prohibición nacional de aparatos electrónicos portátiles que causan distracción, comencé a preguntarme: Ahora bien, ¿quién puede oponerse a impedir que individuos inocentes se vean atropellados por conductores ocupados en textear a sus amigos? Pero los accidentes de tránsito han quedado tan atrás como el peor o más frecuente peligro relativo a los teléfonos inteligentes, que hay que preguntarse si esa acción supondría diferencia alguna a largo plazo.
Nuestras vidas cotidianas se han visto tan astronómicamente enriquecidas por el desarrollo de los teléfonos celulares y de los teléfonos inteligentes, que tienen acceso a la Red, que es casi imposible cuantificar cuánto mejor estamos, incluso con sus terribles distracciones.
Pero este fenómeno tan positivo se está convirtiendo rápidamente en excesivo.
Sólo meses después de que el Centro Nacional para las Estadísticas Educativas diera a conocer su devastador retrato de una nación en que menos de un tercio de los niños de las escuelas públicas son competentes en geografía, la materia que cubre la capacidad básica de leer mapas y los conocimientos sobre la superficie de la Tierra, un profesor universitario se lamentaba de que sus recientes graduados en Pedagogía estuvieran convencidos de que dicho conocimiento era innecesario, porque los sistemas GPS y los programas de Google Earth son fácilmente accesibles en los teléfonos inteligentes.
(Si eso no predice el fin de la civilización, no sé qué lo predecirá).
Pero incluso ellos no están ni siquiera de cerca tan enviciados –o son tan irresponsables– como los cirujanos, anestesiólogos y enfermeras que envían textos, chequean Facebook y monitorean las pujas de eBay en sus teléfonos durante una cirugía.
Como destacó recientemente un informe del New York Times, los “médicos distraídos” es un nuevo tema candente en todo el país. Investigaciones revisadas por pares han revelado que alrededor de 439 técnicos encuestados, que asistieron en cirugías de bypass cardio-pulmonares, admitieron haber realizado llamadas telefónicas o enviado mensajes de texto mientras un paciente estaba bajo el cuchillo.
La NTSB, e innumerables autoridades locales que han tratado ya de prohibir hablar por teléfono y enviar mensajes mientras se camina, se anda en bicicleta y maneja, quizás tengan buenas intenciones. Pero la obsesión de la gente con sus herramientas de productividad ha excedido de lejos la limitada capacidad e influencia del gobierno.
Amigos, no hay duda de que vamos a realizar tareas simultáneas, hacer vida social, comprar, informarnos y en general entretenernos a muerte –si no de un accidente de tránsito, sí del esfuerzo de procesar torrentes de estímulos ilimitados en cada momento del día.
Por lo menos el aburrimiento no se inmiscuirá en nuestros últimos suspiros. Para citar al conjunto de rock R.E.M., es el fin del mundo tal como lo conocemos –y nos sentimos bien.
