El mito de las dietas bajas en grasa

Esther J. Cepeda,

The Washington Post

CHICAGO — Como adolescente regordeta e impresionable en la década de 1990, desesperada por bajar de peso dado que la diabetes de Tipo 2 comenzó a afligir a mi familia, me volví especialmente vulnerable a la Snackwell-ización1 de la comida de Estados Unidos.

La grasa era el enemigo. No sólo te haría engordar sino que también arruinaría tu corazón. Y el único salvador conocido era una dieta baja en grasas. Es decir, comidas casi vegetarianas, queso crema desgrasado, pan de bajas calorías, patatas horneadas en lugar de fritas, gaseosas dietéticas y, por supuesto, postres sin grasas como las galletas Snackwell y los paquetes Nabisco de 100 calorías.

El bien documentado “Efecto Snackwell”1, en el que las personas comen alimentos bajos en grasas de más como una alternativa saludable a su contrapartida de alimentos llenos de grasa, llevó a atracones de sustancias químicas mucho más altas en azúcar y sal para satisfacer las papilas gustativas.

Me tomó muchos años de dietas, ejercicio e investigaciones en nutrición entender que la sustitución con demasiadas galletas y pasteles sin grasa para saciar mi dieta falta de proteínas era, de hecho, un trato con el diablo que hizo saltar la insulina de mi cuerpo sin volverme ni más delgada ni más saludable. Luego de más de una década de haber caído en un patrón de equilibrio sostenible de consumo de grasas y azúcar y de ejercicio religioso, es surreal observar cómo se disparó la obesidad en adultos y niños. Muchos sin duda se llenan de jugos de fruta altos en calorías y pretzels o galletas dulces para saciar el hambre de alimentos bajos en grasas durante las comidas.

¿Cómo demonios hemos llegado hasta aquí? Quizás suene como una teoría loca de conspiración, pero durante el transcurso de más de 10 años de investigaciones y 500 páginas, Teicholz lustra cómo la ciencia chatarra y los especialistas en marketing que buscan ganancias unen sus fuerzas bajo el lema de la salud del corazón para confundirnos bien sobre lo que debemos comer.

¿Y quién mejor para ayudar a los consumidores estadounidenses a hacer eso que el dinámico dúo de la bien financiada Asociación del Corazón de Estados Unidos y los comercializadores de alimentos para crear compuestos químicos que sustituyan la grasa natural en alimentos envasados? Estos fabricantes estuvieron más que contentos de rellenar los alimentos con azúcar y sal baratos para que todavía tengan más o menos buen gusto mientras se benefician del halo saludable del respaldo de AHA.