Esther Cepeda
Columnista
CHICAGO – Los amantes del ballet a menudo leen sobre las vidas de sus bailarinas favoritas para enterarse de morbosos detalles como el insufrible dolor de bailar en puntas de pie. Los doloridos tendones, las interminables ampollas, las uñas de los pies ennegrecidas, hasta los inevitables dedos pinchados por agujas como resultado de horas de coser elásticos y cintas en una infinita procesión de zapatillas y zapatillas de punta.
No somos masoquistas, simplemente nos gusta fantasear –o recordar– la experiencia de volverse más liviana que una pluma, en zapatillas duras como una roca, que son tan toscas e inflexibles como hermosas e icónicas.
Pero no encontrarán nada de eso en “Life in Motion: An Unlikely Ballerina,” la autobiografía de Misty Copeland, solista afroamericana del American Ballet Theater (ABT, por sus siglas en inglés). Copeland, considerada como un prodigio del ballet, inició su entrenamiento formal a la avanzada edad de 13 años, con ropa de gimnasia usada, en una clase de danza posterior al horario escolar, patrocinada por el Boys and Girls Club of America, en Los Angeles.
Pero unos pocos meses más tarde, estaba en puntas de pie, sin dolor alguno, girando como si se hubiera entrenado durante nueve años, que es el tiempo en general necesario para pasar de zapatillas blandas a zapatillas de punta.
No hubo ninguna lucha física contra la gravedad para Copeland, sólo una forma hermosa, sin esfuerzo alguno.
En lugar de las acostumbradas quejas sobre trastornos de la alimentación o por no ser promovida, los dolorosos detalles en la historia de Copeland detrás de las bambalinas son de naturaleza distinta. Copeland deja vislumbrar desgarradores detalles sobre el proceso de superar la pobreza y la inestabilidad para ocupar un lugar en los niveles más elevados de una forma de arte en que no se puede progresar sin demostrar capacidad, sólo para que los demás la vean como una beneficiaria de la acción afirmativa.
A pesar de su bien documentado talento, Copeland llegó al ABT y, de alguna manera se convirtió, tal como ella lo describe, en la muchacha negra de muestra, alguien que debe haber jugado la baraja de la raza para ganar su entrada y, sí, alguien a quien los maquilladores de la compañía debían pintar, en un comienzo, de blanco para que “encajara” con el resto del cuerpo de ballet en el escenario.
Las penurias de Copeland me sorprendieron. Tiendo a pensar lo mejor de la gente y especialmente imagino a los artistas como individuos de mente amplia, que se han despojado de prejuicios simplistas antes de llegar al pináculo de sus profesiones.
Pero no.
A pesar de haberse criado en la década de 1980, cuando los enormemente exitosos avisos multirraciales de Benetton brindaban a los jóvenes un sentido de post-racialismo y medio siglo después de que bailarines negros irrumpieran en el ballet clásico –aunque en muy pequeños números– Copeland sufrió formas sutiles y manifiestas de prejuicio.
Uno de sus peores momentos en ABT ocurrió en 2007, después de que el New York Times publicara una perjudicial historia sobre la escasez de bailarinas negras. No estaba preparada para la reacción de sus pares.
“Cuando iba a mi primer ensayo, una joven de la compañía que era amiga mía, corrió hacia mí,” escribe Copeland. “‘¿Viste ese estúpido artículo del Times, “Dónde están todos los cisnes negros?”’, me preguntó en un tono que era más de acusación que de curiosidad. ‘¿De qué están hablando? Qué historia más tonta.’ No pude hablar. Me sentí ignorada y aún más sola. ¿Estaba ella verdaderamente tan despistada? Si ella, una amiga, no comprendía mi lucha, ¿quién lo haría?”
Copeland nunca permitió que su aislamiento –ni la maldad de los que estaban celosos de su posición en la compañía, ni la enemistad de los que creían que sólo los blancos pertenecen al ballet– la detuvieran mientras trabajaba para convertirse en la estrella que siempre supo que podría ser.
De alguna manera la hostilidad –de los blogueros de ballet, los críticos de danza y los grandes mecenas que preferirían que esa forma de arte muriera antes de que se universalizara y se hiciera accesible a los pobres–alimentó a Copeland.
Estoy estropeando el fin de cuento de hadas del libro, pero cuando Copeland finalmente baila en el escenario de Metropolitan Opera House como el Pájaro de Fuego en la obra de arte de Stravisnky del mismo nombre, relata esa experiencia mezclada con enormes dosis del mantra que repite en todo el libro, “Esto es para las pequeñas niñas marrones.” Copeland se subestima.
Asegurar que los niños de todas las razas y etnias se dediquen al ballet y finalmente ocupen el centro de la escena en las compañías más prestigiosas de nuestro país es el factor que atraerá a un público más joven y diverso a ese arte, permitiendo que el ballet florezca en años venideros.
Sigue bailando, Misty, tu experiencia como pionera es un regalo para todos los balletómanos, no sólo para los marrones.
