Dependiendo de cuánto tiempo lleve viviendo en este país, es posible que lo haya sorprendido el enorme despliegue que tuvo la muerte del oficial de Policía, Timothy Brenton, el fin de semana pasado, como se reporta en nuestra página 44.
Los periódicos y la televisión llenaron sus espacios con reportajes desde el sitio donde fue asesinado a bala el Policía, mientras entrenaba una oficial nueva.
El viernes, para cuando haya leído esta nota, es posible que haya recibido la noticia, o el impacto directo, del casi bloqueo de la ciudad durante la procesión fúnebre en honor al oficial caído.
Muchos de nosotros crecimos en países y ciudades donde la Policía, tristemente, es vista con otros ojos, con ojos de poco respeto y de miedo, miedo del malo.
Las palabras “Soborno, mordida, narco”, etc. se ven con frecuencia relacionadas con el oficio de quienes son nombrados para defender la ley y proteger a la sociedad, pero que en nuestra América Hispana, con frecuencia, muestran conductas dudosas.
De modo que no es fácil para nosotros, culturalmente, tener ese sentimiento tan grande de respeto que ha mostrado la comunidad de Seattle y el Puget Sound, ante la muerte de su servidor.
Pero la verdad es que aquí la policía es admirada y apoyada, porque es en lineas generales, efectiva y honesta.
Los policías le dan valor a esta comunidad; aunque por supuesto, como en todas partes se presentan casos aislados de brutalidad y corrupción, lo cierto es que en general le traen seguridad a nuestras vidas.
Y, aunque a veces producen prevención, y sentimos que no nos entienden, ellos nos permiten vivir con mucha más tranquilidad, que en los países de donde llegamos.
