Georgina Montalvo
Agencia Reforma
“Cuando los familiares destacan en forma persistente las incapacidades de uno de sus miembros o cuando comparan habilidades y capacidades sociales, cognitivas, emocionales y físicas entre dos de ellos son actitudes sutiles de discriminación que lastiman profundamente el amor propio de la persona que se ve devaluada”, asegura María Fernanda Valles, psicoanalista del Instituto de Investigación en Psicología Clínica y Social (IIPCS).
“La discriminación es un fenómeno complejo que se manifiesta de manera concreta en exclusión y falta de cohesión social, y también se manifiesta subjetivamente en representaciones socioculturales, estereotipos, tradiciones y estigmas, así como en manifestaciones simbólicas de inequidad que no necesariamente tienen un vínculo directo con las condiciones materiales de vida de las personas”, explica Miguel Székely en el documento Un Nuevo Rostro en el Espejo: Percepciones sobre la Discriminación y la Cohesión Social en México.
Debido a dicha complejidad, dentro de la familia se puede aceptar y pensar que “no le pasa nada” a quien se le llama “el negro” o “el chilletas” o a quien en los hechos se excluye de la convivencia porque tiene alguna discapacidad o alguna orientación sexual diferente a la heterosexual, y esa exclusión se justifique diciendo “es que ya no puede” o “ya ves cómo es”.
Según Székely, en México los más discriminados, por la sociedad en general y dentro de las familias, son los adultos mayores, las personas con discapacidad, las mujeres, los indígenas, quienes viven en situación de pobreza, los que tienen orientación sexual diferente a la heterosexual y los que pertenecen a una minoría religiosa.
Así lo indicó la Encuesta Nacional sobre la Discriminación de México (END) realizada en 2004.
Los daños
Ser discriminado por la familia, indica Valles, implica que esa persona no sea capaz de reconocer sus propias habilidades y capacidades.
Por ejemplo, “una persona que ha sido maltratada mediante los apodos, puede asumir esas características negativas e identificarse con ellas, sin tener la oportunidad de reconocer cualidades propias que le permitan tener una imagen positiva de sí mismo y un amor propio”, aclara la psicoanalista.
Así, resulta común ver a adultos mayores que asumen que ya no sirven para nada, a mujeres que aceptan que deben estar al servicio de toda la familia, a homosexuales “en el clóset”, al “flaco” que no hace ningún trabajo pesado porque se siente frágil, al “nene” que no es capaz de hacerse cargo de sí mismo aunque ya dejó de ser niño o a “la negra” que gasta su sueldo comprando cremas para aclararse la piel.
Además, cuando el agredido pasa por alto que está siendo discriminado es muy probable que “repita ese mismo comportamiento de devaluación a los demás, como una forma de no sufrir el dolor del maltrato, del cual él mismo fue objeto”, advierte Valles.
Si una persona pierde el derecho de gozar de una vida libre de violencia y hostigamiento, se detiene su desarrollo emocional, intelectual y social y llega a relacionarse con los miembros de la familia sólo a través de la rivalidad o la agresión, extendiendo esos comportamientos a todas las áreas de su vida.
¡Basta!
Alzar la voz para dejar de ser discriminado dentro de la familia no es asunto sencillo. En principio, “la persona discriminada deberá desear ya no ser maltratada y ser valorada como persona, dejar de ser el chivo expiatorio, el que tiene que asumir las culpas de los demás y romper con ese modo de relación de víctima”, indica Valles.
Generalmente la familia no dejará de hacerlo sólo porque el discriminado lo pide, pues las actitudes discriminatorias se vuelven formas inconscientes de relacionarse, de ahí la importancia de acercarse a un psicoterapeuta para trabajar en una transformación interna que le permita valorarse a sí misma, dirigir su vida hacia un desarrollo emocional sano y así, promover que los demás lo valoren.
