Por Esther Cepeda,
The Washington Post
CHICAGO – Uno de los motivos por el que la inmigración es un tema tan delicado es que nuestras conversaciones nacionales no reconocen las circunstancias regionales.
Alguna gente vive en lugares donde los inmigrantes de diversos países y distintos niveles de ingresos socioeconómicos se juntan y, finalmente, se unen los unos con los otros—y con antiguos residentes de sus nuevas comunidades—por el idioma inglés. Otros viven en reductos que reciben una masa de inmigrantes de una región en particular y, cuando se crea una nueva comunidad, los antiguos residentes pueden sentirse excluidos.
Por ese motivo, cada tanto nos topamos con el argumento anti-inmigrante que sostiene que los “inmigrantes” traen criminalidad a las comunidades y no aprenden inglés. Mientras tanto, la estadísticas nacionales, como las publicadas recientemente por la Academia Nacional de la Ciencia, la Ingeniería y la Medicina, repiten años de investigaciones que confirman no sólo que el 50 por ciento de los individuos nacidos en el exterior habla inglés “bien” o “muy bien”, sino que éste se convierte en el idioma dominante, y a veces el único, hablado en la familia en la tercera generación. Lo mismo en cuanto a la criminalidad: Los inmigrantes hombres de entre 18 y 39 años fueron encarcelados a un cuarto de la tasa de los hombres de las mismas edades nacidos en Estados Unidos. “Las ciudades y los barrios con mayor concentración de inmigrantes tienen tasas de criminalidad y violencia mucho más bajas” que los lugares similares sin inmigrantes, según el informe de la academia titulado “The Integration of Immigrants into American Society”. Los autores llevan las investigaciones más allá y estudian el fenómeno de la localidad.
“Las estadísticas nacionales a veces esconden o hasta confunden los patrones espacialmente desiguales de la integración de los inmigrantes de un lugar a otro,” expresa el informe. “Lo que se diferencia del pasado es que números sin precedentes de inmigrantes nuevos y [de individuos] nacidos en el exterior se han propagado espacialmente de las zonas tradicionales de su primer asentamiento (por ejemplo, en el sudoeste o en las grandes ciudades de entrada) a los llamados ‘nuevos destinos’ en el Medio Oeste y el Sur, a suburbios previamente poblados en su gran mayoría por estadounidenses nativos, a zonas metropolitanas pequeñas pero en rápido crecimiento y hasta a comunidades rurales.” Puesto que las localidades que reciben a los nuevos inmigrantes tienen diferentes niveles de capacidad para acoger e integrar a los recién llegados, su aceptación depende, en gran parte, de los recursos disponibles para ayudarlos a asentarse y a adquirir cierta comprensión de sus nuevas comunidades. Las comunidades que “carecen de los ingredientes económicos, culturales y políticos más básicos, necesitados para asegurar el éxito de los inmigrantes,” escriben los autores, resultan en poblaciones de inmigrantes y refugiados de bajos ingresos que tienen más probabilidades de vivir en una “‘sociedad paralela’, metafóricamente encerrados en vecindarios segregados, que están separados del resto de la sociedad y donde las oportunidades para el éxito son limitadas.” Tal como lo señalaron las investigaciones anteriores, el asentamiento de los inmigrantes, en algunas áreas metropolitanas como Chicago, Salt Lake City, Los Ángeles y Grand Rapids, está concentrado casi exclusivamente en los suburbios. ¿Podría ser una sorpresa que los residentes suburbanos de estas ciudades, en gran parte obreras, tuvieran una experiencia muy diferente con sus inmigrantes que los que viven, por ejemplo en los suburbios de Seattle, San José, Dallas, Atlanta y Washington, D.C., donde inmigrantes muy especializados trabajan, principalmente, en grandes centros de tecnología? Con esa gran variedad geográfica y socioeconómica de experiencia, es difícil generalizar sobre los inmigrantes o sobre la manera de asistirlos para que se integren. Como indica el informe, “Esta investigación suscita más preguntas que las que contesta. Las generalizaciones simples o directas son difíciles de identificar o de resumir prolijamente, porque … los ‘inmigrantes’ no representan un grupo con un conjunto de características uniformes.” Así es. La solución obvia para lograr que más inmigrantes se integren rápidamente a la sociedad es ofrecer más apoyo a comunidades enteras. En Chicago, la mayor parte de los inmigrantes tiende a ser de bajos ingresos y de países latinoamericanos—y no han aparecido en los suburbios más ricos de la región metropolitana. Han ido en bandada a los pueblos obreros, cuyas redes de seguridad social ya estaban debilitadas a causa de la pérdida de puestos de trabajo, en esas comunidades, por la reducción en las fabricaciones—una receta para que se genere un espíritu anti-inmigración. Si los gobiernos locales, estatales y federal se disponen a reforzar los servicios sociales y humanos que necesita una comunidad para integrar a los inmigrantes de la mejor manera, los miembros de la comunidad se beneficiarán. Aunque la intención de este informe no era sugerir políticas a seguir (recomienda, sin embargo, obtener más datos de mejor calidad sobre estas diversas poblaciones inmigrantes), no es una exageración imaginar una solución: Los residentes de las comunidades que ya tienen problemas deben considerar los influjos de inmigrantes como una oportunidad. Si presionan políticamente a sus gobiernos para que satisfagan el aumento de necesidades, quizás obtengan más para sí mismos que si se limitan a aumentar su enojo por lo que perciben como una invasión.
