Maria Elena Salinas
Puerto Príncipe, Haiti — EHace una semana, cuando estaba viajando hacia el país devastado por un terremoto, no sabía lo que iba a encontrar. Todo lo que sabía es que las primeras imágenes mostradas en la televisión eran de destrucción total. Pero una cosa es verlo por televisión y otra muy distinta es verlo con tus propios ojos.
Mi equipo y yo llegamos en helicóptero hasta la embajada dominicana en Puerto Príncipe. Los soldados dominicanos nos hicieron el favor de transportarnos hasta un sitio donde se supone encontraríamos a nuestros colegas que habían llegado un día antes. No había agua, ni electricidad y ninguna comunicación, excepto a través de teléfonos satelitales. El país estaba virtualmente aislado del resto del mundo.
Cuando comenzó nuestro recorrido a través de las calles de la capital la cruel realidad de lo que sucedió se hizo más evidente. No lo podía creer. Edificio tras edificio reducidos a escombros, casas, negocios, fábricas, escuelas, hospitales, todo en ruinas. No era un sector específico de la ciudad, no.
En las calles había miles de personas caminando en todas direcciones sin un lugar aparente a donde ir. Lo que más me impresionó de ellos fue el ver la expresión en blanco en sus rostros. No era la esperada mirada de dolor y sufrimiento o de horror y confusión, eran miradas vacías, miradas quizás de desesperanza.
Había cadáveres tirados en las calles que algunos cubrían con sábanas, o con cajas de cartón o simplemente descubiertos. Con el correr de los días los cuerpos comenzaron a ser amontonados, cargados en camiones y tirados en fosas comunes. Algunos fueron incinerados. Había temor de que los cuerpos en descomposición provocaran epidemias.
En la población de Carrefour, al sur de Puerto Príncipe, los residentes bloquearon las calles en señal de protesta. Se quejaban de que los cuerpos tirados en las calles emanaban un horrible olor. Pero nadie se detenía a preguntar quienes eran. Pudo haber sido el vecino, o la tía de alguien, el hermano o el abuelo. Esos cuerpos nunca serían identificados y no tendrían un entierro digno.
Quienes tuvieron la suerte de sobrevivir estaban viviendo en condiciones infrahumanas. Armaban campamentos para refugiados en cualquier espacio abierto que podían encontrar, parques, canchas, monumentos, aceras. Toneladas de ayuda procedente de todo el mundo no llegaba a su los más necesitados. Estaba estancada en cajones y camiones en la pista de aterrizaje del aeropuerto durante varios días mientras las autoridades resolvían como lidiar con la pesadilla logística.
El gobierno haitiano no podía hacer frente por si solo a la catástrofe. Virtualmente todos los edificios del gobierno fueron destruidos, cientos de empleados del gobierno murieron bajo los escombros. El primer ministro entregó el control del aeropuerto al ejército de Estados Unidos para que ayudara a coordinar la distribución de la ayuda y para apoyar a la Misión de Paz de la ONU, que tratan de controlar lo que se ha convertido en anarquía en las calles.
La ministra comunicaciones haitiana me dijo que era difícil distribuir ayuda cuando en cada calle había personas que necesitaban agua y alimentos. En cada calle había personas heridas y que requerían atención médica urgente. En cada calle había personas que trataban de hacer frente al dolor por la pérdida de sus seres queridos.
En cuestión de 40 segundos el 12 de enero el paisaje de Puerto Príncipe cambió y su población fue reducida posiblemente en cientos de miles.
Cuando regrese a casa esta noche, dormiré en mi cama con mis hijas. Pero no podré dejar de pensar en todas esas mujeres en Haití que nunca verán a sus niños otra vez. Y en todos esos niños que crecerán huérfanos.
No había una sola calle que no tuviese una estructura desplomada y las pocas que quedaron en pie, estaban agrietadas.
