HISTORIA DEL CINCO DE MAYO 2ª PARTE

Consulado de México en Seattle

Son las tres de la tarde del 5 de mayo de 1862, a esa hora el general Carlos Fernando de la Trille, conde de Lorencez, venía a México enviado por Napoleón III, se ha dado cuenta de que la mitad de su parque se ha agotado ya y no ha conseguido ni siquiera acercarse al convento de Guadalupe, que pensó tomar en menos de una hora. El fuerte de Guadalupe, al igual que el de Loreto, había probado ser inexpugnable. Para colmo, la naturaleza se puso de lado de los mexicanos. Empezó a llover torrencialmente y luego una nube de granizo se abatió sobre el campo de batalla. El suelo se convirtió en un lodazal, e hizo imposible el ascenso por el cerro.

En ese momento salió de entre los montes un batallón. Lo conducía un joven que incitaba a sus hombres al combate con grandes voces y que con mayores maldecía a los franceses. Era Porfirio Díaz. Los zuavos empezaron a dispersarse. Nunca en su historia lo habían hecho. Los vencedores de Italia y África retrocedían ante el empuje de un enemigo al que habían juzgado inferior. Tras de La Ladrillera, un ruinoso edificio situado al pie del cerro, salió de pronto la reserva de la caballería mexicana. Se precipitaron los jinetes contra los zuavos que se retiraban.

Eran casi las 5 de la tarde. Los combatientes estaban de pie desde las 4 de la mañana y habían luchado con terrible fuerza desde el mediodía. Un cronista francés reseñó en forma muy escueta el combate:

“…Testigo de los esfuerzos sobrehumanos de sus tropas durante esa lucha desigual, reconociendo la imposibilidad de una nueva tentativa sobre Guadalupe, el general Lorencez da la orden de retirada”.

Seguramente pocos telegramas han causado el júbilo que suscitó el que envió de Puebla a México el general Ignacio Zaragoza. Daba cuenta el jefe mexicano de la espléndida victoria obtenida aquel 5 de mayo de 1862 sobre las armas enemigas:

“…El ejército francés se ha batido con mucha bizarría; su general se ha portado con torpeza en el ataque… Puedo afirmar con orgullo que ni un solo momento volvió la espalda al enemigo el ejército mexicano durante la larga lucha que sostuvo…las armas nacionales, se han cubierto de gloria…”

Sucedió entonces algo muy hermoso. Sucedió que todos los mexicanos por igual, ya fuesen liberales o conservadores, vibraron de entusiasmo patriótico por la victoria de Puebla. Ahí se olvidaron los rencores; la furia de la pasión política dio paso a un noble sentimiento de orgullo nacional. “El sentimiento nacional –ha escrito alguien- no se ha equivocado al colocar a la batalla del 5 de mayo entre los sucesos más gloriosos de los anales patrios…”