La educación preescolar Debe estar disponible para los niños más necesitados

Por Esther Cepeda,

The Washington Post

La educación preescolar universal está considerada como un elemento infalible para promover logros académicos. Pero aunque probablemente no sea asequible para todas las familias–ni tampoco deseada por todas ellas–no debe subestimarse su poderosa importancia para los niños de bajos ingresos. A principios de este año, un estudio en el Journal de la American Medical Association halló que la pobreza afecta adversamente el desarrollo cerebral estructural en los niños. Según los autores, una muestra nacional de imágenes de resonancia magnética de niños provenientes de familias de recursos económicos limitados reveló diferencias estructurales sistemáticas en el lóbulo frontal, el lóbulo temporal y el hipocampo. Esas diferencias pueden dar cuenta de hasta un 20 por ciento de la deficiencia en el desempeño de los niños de bajos ingresos, según los autores. Su conclusión fue que las familias por debajo de un 150 por ciento del nivel de pobreza federal deben ser objeto de recursos educativos adicionales. Ahora, investigadores de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, cuantificaron la cantidad de educación preescolar que podría compensar los efectos del caos y la desorganización familiar tan estrechamente asociados con la pobreza: 35 o más horas por semana. Los investigadores, cuyas conclusiones aparecieron en la publicación Early Childhood Research Quarterly, siguieron la pista de 1.300 niños de dos regiones rurales de alta pobreza en Estados Unidos, desde su nacimiento en 2003, y se concentraron en la forma en que el desarrollo de los niños se vio impactado durante su tiempo en una guardería. La interacción cuidadosamente orquestada y de alta calidad que puede ofrecer una guardería–además de rutinas y responsabilidades como guardar los juguetes en los cubos apropiados e incluso los refrigerios nutritivos–proporcionan un lugar seguro donde los niños pueden ejercer el músculo que los psicólogos llaman “función ejecutiva”. Quizás hayan oído hablar de la Prueba del Caramelo, una herramienta de diagnóstico que investigadores y psicólogos utilizan para evaluar la capacidad de postergar una gratificación–que es un ejemplo de la manera en que la gente, no solo los niños, usa su función ejecutiva. Se le ofrece a un sujeto dos caramelos, uno de los cuales el sujeto identifica como su favorito. El sujeto puede o bien consumir el caramelo inmediatamente o “ganar” mayores cantidades dependiendo de cuánto tiempo puede esperar para obtenerlo. En un niño de Jardín de Infantes, la función ejecutiva puede traducirse en tener las manos quietas mientras está sentado en una rueda, esperando a que le cuenten un cuento. En un niño de primer grado, puede significar la diferencia entre perseverar mientras aprende a escribir su nombre o no poder concentrarse o resolver un problema y después descontrolarse. El control de los impulsos es fundamental para el aprendizaje–y es una cualidad que puede pulirse con la práctica. Los investigadores de Illinois descubrieron que las guarderías de alta calidad pueden eliminar el vínculo entre el caos de la familia y los resultados adversos de desarrollo, pero no saben exactamente por qué. Quizás sea porque la calidad del entorno de estos niños fuera de su casa fue sumamente cálida, interesante y ordenada. O quizás la diferencia radique en una simple reducción del tiempo en que los niños se ven expuestos a un televisor estridente, al desorden y la ausencia de horarios diarios fiables, además de las frecuentes entradas y salidas de miembros de la familia y visitantes–todo lo cual puede inhibir la capacidad de los niños de desarrollar patrones de atención sostenida.

Sin duda, estar en un entorno de rico lenguaje como en la educación preescolar ayuda a mitigar la bien documentada brecha en el vocabulario existente entre niños de diversas categorías socioeconómicas. que se ha reconocido como un obstáculo para el rendimiento académico. Los estudios encuentran que para los 3 años, los niños de familias de bajos recursos escuchan aproximadamente 30 millones de palabras menos que los niños de familias más prósperas.

Quizás haya llegado el momento de reconocer que la educación preescolar es prohibitivamente costosa y que no causaría cambios en niños de ingresos medios y altos. Ese viraje de pensamiento da pie para considerar que la educación preescolar para los niños más necesitados es una inversión que este país no puede darse el lujo de ignorar.