Por Esther Cepeda,
The Washington Post
Hace diez años, la Brookings Institution señaló una nueva tendencia en inmigración: los nuevos inmigrantes no se radicaban en las ciudades tradicionales de entrada, como Nueva York, Chicago y Los Ángeles, sino que lo hacían en suburbios o ciudades más pequeñas del sur o del oeste. Ahora Brookings cuantificó ese viraje, informando la semana pasada que el número de localidades de entrada—donde la población nacida en el exterior está creciendo más rápidamente que la población aborigen—se ha elevado a 57. Aproximadamente el 80 por ciento de los nuevos inmigrantes de la nación vive en dichos lugares. Las más interesantes son las llamadas “entradas emergentes”—ciudades que hasta hace poco contaban con una población nacida en el extranjero minúscula, pero que han experimentado un crecimiento geométrico. Están las “entradas emergentes mayores” como Nashville, Durham y Greensboro en el sur; y Columbus e Indianapolis en el Oeste Medio, que conjuntamente representaron en 2014, un 8 por ciento de la población total nacida en el exterior. Y las “entradas emergentes menores” como Atlanta, Austin, Charlotte, Las Vegas, Orlando y Phoenix, que juntas representan otro 11 por ciento. Los recién llegados vienen de Turquía, Escocia, Nepal, Afganistán, China, Florida, Tennessee, Chicago y Nueva York, entre muchos otros lugares. Pero la historia más importante de Charlotte es el ascenso de la población inmigrante de Latinoamérica y de los hispanos nacidos en Estados Unidos. “Charlotte es la ciudad de crecimiento latino más rápido,” la población hispana de la ciudad es diversa y representa a casi todos los países de América Latina. “En la década de 1980, los latinos representaban un .098 por ciento de la población de Charlotte, hoy en día representan casi el 14 por ciento.” En verdad, la vieja dicotomía blancos/negros en el sur ha sido reformulada, en un lugar donde las mezquitas se yerguen al lado de restaurantes vietnamitas y donde los residentes de larga data, como Ron Carlee, administrador de la ciudad de Charlotte, expresó: “Charlotte es una ciudad de inmigrantes, todos somos inmigrantes—yo soy de Alabama, así es que no tuve que aprender el idioma.”
Owen Furuseth, rector asociado de la Universidad de Carolina del Norte, caracterizó ese influjo de inmigrantes, particularmente como “la historia más importante desde el movimiento de los derechos civiles.”
Pueden imaginar cómo ese comentario, del que se hizo eco la comunidad de líderes de todas las razas como si lo hubieran ensayado, podría contradecir las tensiones que surgen inevitablemente cuando los recién llegados procuran obtener su parte en contratos del gobierno, puestos electos y otros lugares de influencia. Pero nadie indicó ninguna tensión—a pesar de que los cínicos periodistas pincharan a los ponentes con preguntas sobre animosidades raciales en ciertos barrios o en el campus de la Johnson C. Smith University, que fue tradicionalmente negra, y ha ofrecido becas y oportunidades a estudiantes indocumentados.
Casi todos los defensores de los derechos civiles a quienes se hizo este tipo de pregunta no pusieron reparos después de reconocer que aunque había habido incidentes aislados—por ejemplo, de violencia contra jornaleros latinos a quienes se conoce por llevar efectivo—fueron mínimos.
“Ha habido políticos que intentaron dividirnos alegando que había tensiones en estos grupos”, dijo Willie Ratchford, director ejecutivo del Comité de Relaciones Comunitarias Charlotte-Mecklenburg. “Pero cuando los grupos se reunieron dijeron, ‘¿De qué hablan?’ Quizás una o dos personas del periódico negro dijeron algo racista, pero esa guerra mítica en realidad no ocurrió.”
Incluso los conservadores que se tomaron el tiempo de hablar de su ciudad a nuestro grupo de periodistas dijeron que, aunque los inmigrantes nacidos en el exterior presentan problemas—la ciudad hace poca distinción entre las poblaciones documentadas e indocumentadas—representan un auge para la comunidad, inyectándola de juventud, energía, industria y una cantidad de cocinas étnicas nuevas.
Según líderes municipales, las oportunidades de construcción en Charlotte, la rápida expansión de sus empresas y la atmósfera acogedora—la han convertido en una ciudad de éxito a causa de sus numerosos inmigrantes y no a pesar de ellos.
