Por CLAUDIA TORRENS,
Associated Press
(AP) — Está escrito con la letra grande y redonda de los niños. Tiene dibujadas flores de colores, árboles, ríos y rascacielos, pero a pesar de la inocencia que aparentan sus páginas, el libro esconde una dura realidad.
“Mi mamá me mandó traer porque en mi país me dispararon en la pierna derecha”, escribió Jocsan Hernández, de 13 años, en tinta morada.
“Estuvimos durmiendo en un bosque sin comida por tres días”, escribió Elmer Rivera, de la misma edad. “Yo me vine porque las maras me querían secuestrar”, escribió Ezequiel Banegas, de 11 años.
Éstas y otras historias fueron plasmadas en papel por un grupo de niños centroamericanos que asiste a una escuela a las afueras de la ciudad de Nueva York.
La mayoría de los 20 estudiantes huyeron de la violencia de las pandillas en sus países de origen sólo para acabar en el corazón de Long Island, una zona que ahora es testigo de esa misma violencia a manos de la pandilla MS-13.
La idea del libro surgió cuando los estudiantes empezaron a hablar un día en clase sobre su reciente experiencia como inmigrantes.
“Fue una sesión de terapia en grupo que acabó convirtiéndose en este libro. Aprendí mucho al leerlo”, dijo María Mendoza, su profesora.
“Al mirar todo lo que he sufrido, he aprendido que las pruebas son para hacerte más fuerte. No te detengas. Sigue adelante”, escribió Hernández, nacido en HonduraS.
Las historias de los estudiantes, escritas en español, fueron recopiladas en el libro escolar que narra la vida en Honduras o El Salvador, con padres que son extorsionados por pandillas. Explica también el frío pasado en centros de detención en la frontera.
Describe la falta de alimentos en la travesía hacia Estados Unidos, el dolor al dejar a parientes en su país de origen y hasta los miles de dólares pagados a coyotes para poder cruzar la frontera. La esperanza y los sueños también están presentes en el cuaderno de 88 páginas, titulado “Por un mejor futuro”.
La mayoría de los niños de la clase de Mendoza, en la East Middle School, en el poblado de Brentwood, llegaron hace tan sólo unos meses aunque algunos llevan ya un par de años en la zona. Varios son considerados por el gobierno estadounidense como “menores no acompañados” porque viajaron con hermanos o primos, pero sin sus padres. Otros lo hicieron con ellos. Algunos ya han logrado asilo o viajaron con un visado mientras que otros están obligados a comparecer en la corte migratoria hasta que un juez decida su futuro. “Estos niños han pasado por todo esto, pero vienen a la escuela cada día con una sonrisa y están aprendiendo. Eso es positivo. Han encontrado el valor de plasmar estas experiencias en el papel”, dijo Mendoza.
