Orden en la clase

Esther Cepeda

Columnista

CHICAGO

En mi primer trabajo a tiempo completo como maestra, una supervisora hizo caso omiso a las tonterías sobre manejo de la clase que el programa de preparación pedagógica me había inculcado.

Siendo una veterana endurecida por muchas batallas y no adepta a la jerga educativa, me lo dijo directamente: Sé firme, muéstrales quién manda.

Mi programa de educación para maestros había predicado esporádica e ineficazmente lo que yo siempre consideré como la filosofía de manejo del aula de “mamá/mejor amiga”.

La idea era mimar y entretener a los estudiantes para interesarlos, creando una atmósfera casi de fiesta, para que los niños aprendieran eficazmente.

Los métodos tradicionales para transmitir autoridad en la clase –como arreglar los pupitres en filas con asientos asignados, en lugar de grupitos de pares o círculos gigantes– se despreciaban.

Se nos decía que la maestra no tenía que dirigir la clase; idealmente era una cooperativa de estudiantes en la que todos tenían la misma posición.

Eso funciona bien en ciertas dosis, seguro, pero los “aprendices” se acostumbran a la falta de convencionalismo rápidamente. El orden constante es lo que, en última instancia, impide que los estudiantes se coman vivos a los maestros.

El único “consejo” que recuerdo con respecto al manejo del aula durante mi programa de preparación pedagógica, era ignorar la tradicional regla de los profesores de secundaria de no sonreír hasta la Navidad.

No fue exactamente un acervo de técnicas eficaces, pero la actitud preponderante era que la experiencia en las trincheras era simplemente la manera de aprender a manejar el aula.

Según un nuevo informe del National Council on Teacher Quality, un análisis de 122 programas de preparación de maestros halló que, aunque existen estrategias eficaces para el manejo del aula basadas en investigaciones, la mayoría de los programas no utilizan esas investigaciones ni las comparten con los futuros maestros.

“Casi todos los programas pueden afirmar correctamente que cubren el manejo del aula”, señala el informe. “Sin embargo, la instrucción y la práctica de estrategias para el manejo del aula a menudo están desperdigadas por el programa, y pocas veces reciben la concentración que merecen.”

Parte del motivo es la idea muy arraigada de que la enseñanza es un arte, y, sobre todo, una vocación que no puede reducirse a estrategias y técnicas acordadas.

Es una pasión que se supone que debe separar a los buenos y malos profesores.

Como con muchos otros aspectos de los estándares educativos, hay poco consenso entre los gobernantes con respecto a cómo debe practicarse el manejo del aula y cómo debe enseñarse. Y lo peor es que, según NCTQ, hasta los programas que enseñan a los candidatos estrategias específicas, a menudo se concentran en aquellas que tienen menor apoyo de las investigaciones, como por ejemplo utilizar la proximidad o el contacto visual para recuperar la atención de los alumnos.

La única manera de resolver ese dilema rápidamente es si los actuales y futuros maestros comienzan a requerir que los programas de educación expresen claramente métodos de enseñanza de manejo del aula.

No es una exageración. Temas tales como la flexibilidad en la colocación de los practicantes, asistencia laboral posterior a la graduación y vías rápidas para obtener diplomas superiores son ya utilizados por futuros maestros para determinar qué programa puede ofrecer más posibilidades de éxito.