Maria Elena Salinas
El instinto maternal y paternal de la gente alrededor del mundo se despertó después del terremoto en Haití. Los rostros de esas pequeñas víctimas inocentes, las historias trágicas de perdida y dolor y su mirada perdida tenia a muchos hablando de la adopción.
Mi hija llego a casa un día pidiéndome que adoptáramos a un niño huérfano de Haití. Varias familias de su escuela ya lo estaban planeando, me dijo. Desde hace tiempo hemos querido añadir un miembro más a nuestra familia y aunque adoro a mis hija, siempre soñé con tener un hijo.
Que mejor momento que ahora para satisfacer ese deseo de adoptar y a la vez ayudar a alguien con tanta carestía y ofrecerles una vida mejor. Créanme que cuando estuve en Haití cubriendo el terremoto yo pensaba en esa posibilidad al ver las caritas de esos pequeño clamando por amor y algún tipo de estabilidad.
La necesidad sin duda existe. Aun antes del terremoto Haití tenía un alto número de huérfanos, estimado por algunos en hasta 400,000. Después de la tragedia esa cifra se duplico, y quizás hasta se triplico.
Pero tal como lo pudo comprobar un grupo de misioneros la semana pasada, ofrecerle albergue a estos niños es mucho más complicado de lo que parece. Ellos dicen haber estado en una misión sagrada para salvar a los pequeños huérfanos afectados por el terremoto. Fueron detenidos cuando intentaban transportar a 33 niños de 2 a 12 años de edad por la frontera hacia República Dominicana. Aseguran que sus planes eran construir un orfanatorio en ese país, e incluso habían hecho arreglos para usar un hotel como orfanatorio temporal. Sin embargo las autoridades Haitianas lo vieron de una manera distinta. Fueron arrestados y acusados de secuestro de menores y asociación criminal.
Resulta que la mayoría de estos niños no eran huérfanos. tenía padres y otros familiares que los podían cuidar. Las investigaciones mostraron que en algunos de los casos fueron los propios padres quienes les entregaron sus hijos a los misioneros. Su angustia eran tan grande que preferían entregar a sus hijos, que verlos viviendo en una miseria absoluta. La idea de que sus hijos tuvieran una oportunidad de vivir una vida digna, con alimentos, cuidado de salud y una educación adecuada pesaba más que el dolor de perderlos. Los misioneros les habían prometido que los podrían visitar, aun si fueran adoptados por otra familia.
Aunque pensemos que un niño merece esa oportunidad, organizaciones que velan por el bienestar de la niñez consideran que no es lo que más les conviene, aunque hubieran quedado huérfanos. Sugieren que estos niños deben quedarse en sus comunidades, rodeados de su cultura y su idioma natal.
De hecho, la Organización de Naciones Unidas ha establecido directrices que recomiendan que después de un desastre se espere un periodo de dos años antes de que se considere la adopción. Durante ese tiempo se deben hacer esfuerzos por hallar a familiares de los niños huérfanos. Y antes de ofrecerlos en adopciones internacionales, se debe intentar que sean adoptados en su propio país.
Es recomendable consultar a los expertos en situaciones como la de Haití, pero a veces es difícil aceptar la triste realidad. Estos niños serian muy beneficiados si fueran acogidos por familias dispuestas a darles una vida mejor y un futuro prometedor. Los que deseamos ayudarles, tendremos que buscar otras formas de hacerlo tomando en consideración el mejor interés de los niños. Aun así, es inevitable no tocarse el corazón al ver a un niño ante tanta desgracia.
