América Latina es un continente que sufre, que ha sufrido mucho a través de los años.
Casi todos nuestros países han vivido, durante su historia, periodos de opresión, de abusos, de violencia, que a veces es política, a veces militar, producto del narcotráfico, o de otras fuerzas.
Pudiéramos hacer una lista, desde la represión de Pinochet en Chile y de Somoza en Nicaragua, hasta las guerras civiles declaradas o no, en El Salvador, Colombia, etc.
Ahora es México, quizá, el país que mas sufre en su sociedad, porque vive el mal de la violencia llevada al extremo de olvidar, muchas veces, los valores mínimos.
El narcotráfico ha producido un estado de deterioro tal, que solo las balas hablan, y que la palabra “atroz” se ha borrado de los diccionarios de los violentos; nada es atroz, todo vale.
Las páginas de este y todos los periódicos del mundo se han llenado de historias increíblemente crueles; desde el decapitamiento de un rival narcotraficante, cuyo rostro fue desprendido y cosido a un balón de fútbol, hasta el crimen de más de una docena de adolescentes, el último hecho registrado en nuestra página 9.
Ni qué hablar del ataque de Salvador Cabañas, un ídolo del pueblo que sigue el deporte.
Otros países han pasado por esto, y tan frustrante como parece, no es eterno; la sociedad buena encuentra la forma de volver, de prevalecer después de un tiempo, sobre los violentos.
Pero hay que “tomar partido”.
Hay que regresar al fondo del corazón de cada quien, de verse como persona que acepta la violencia por motivos de dinero, o que cree en la razón, en el trabajo, en las buenas intenciones.
Los mexicanos, estén donde estén, deben creer en su país, y practicar la ciudadanía pacífica y tolerante, para prevalecer sobre “el narco”, y todos los violentos.
