MEXICO (AP) — Qué diferencia que hacen diez años.
A fines de los 90, casi toda América latina se alineaba políticamente con la Casa Blanca y sus ministros de Economía cumplían con fidelidad las recetas del Fondo Monetario Internacional. La izquierda iba en retirada en todo el mundo tras el derrumbe soviético y la derecha ya no recurría a los golpes de estado. El hemisferio parecía encaminarse hacia un área de libre comercio desde Alaska a Tierra del Fuego, con Estados Unidos como socio principal.
Desde entonces, ya nada es lo que era en el hemisferio occidental.
Luego vinieron los atentados del 11 de septiembre del 2001 y Estados Unidos se dedicó a Medio Oriente y Asia y a su estrategia de seguridad, dice Shannon O’Neil, cientista política del Consejo de Relaciones Exteriores en Nueva York. Latinoamérica ya no hacía “bip” en su radar.
“La posición de Estados Unidos en el mundo declinó tanto que ya no era un escándalo criticarlo”, dice el historiador Peter Smith, de la Universidad de California San Diego. En el 2005, Bush fue recibido con un mitin hostil en Argentina y al año siguiente Chávez lo acusó en Naciones Unidas de oler a azufre, como el Diablo.
De forma paradójica, agrega, la falta de atención estadounidense tuvo resultados positivos para la región, como la mayor presencia global de Venezuela y Brasil y las mejores relaciones comerciales con China y Europa.
Sin embargo, tras alejarse de Washington, América latina no es un bloque unido. Por un lado, están Chávez y los antiimperialistas feroces; por otro, el brasileño Luiz Inacio Lula da Silva y otros progresistas moderados; a un costado, el colombiano Alvaro Uribe, el mexicano Felipe Calderón y algún otro aliado que le queda a Estados Unidos.
Brasil se consolida como el país más prominente, sobre todo en lo económico. “Pero aún no hay evidencia de que haya un liderazgo (político) brasileño aceptado en la región”, dice Paulo Sotero, director del Instituto Brasil del Centro Internacional Woodrow Wilson en Washington.
Mientras Brasil se planta firme y fija posiciones independientes, como la de apoyar el programa nuclear iraní que tratan de frenar Estados Unidos y otros países, México ni siquiera tuvo un rol central en el conflicto de su vecino, Honduras, donde surgió una crisis institucional al ser derrocado el presidente Manuel Zelaya.
