CLAUDIA TORRENS
The Associated Press
La prometida reforma migratoria que al presidente Barack Obama le valió el apoyo hispano en las pasadas elecciones, parece ahora esfumarse como el humo. Tanto organizaciones de defensa de inmigrantes como el gobierno de Obama consideran improbable su aprobación antes de noviembre de 2012.
Así que los esfuerzos se centrarán en impedir que se propague por el país la tendencia de imponer rigurosas legislaciones a nivel estatal que están causando estragos, no sólo a nivel social entre los inmigrantes sino en la economía.
Activistas como Sarahi Uribe, coordinadora de campaña para la Red nacional de Organización de Jornaleros (NDLON, por sus siglas en inglés) saben que “esperanzas para una reforma migratoria a nivel federal no existen porque la política ahora es que realmente no tenemos los votos. No hay suficientes demócratas ni republicanos con la voluntad de aprobarla”.
“Tampoco ocurrirá en los próximos años. Por eso nos estamos enfocando en las batallas locales”, explicó.
La directora del Centro Nacional de Ley de Inmigración, con sede en Los Angeles, Marielena Hincapié, coincidió en que “el clima político no parece estar ahora abierto a un proyecto federal de ley migratoria. Los republicanos no querrán darle a Obama esa victoria”.
El panorama está pintado por las cifras de deportaciones más altas de la historia, que reflejan una persecución a los inmigrantes como pocas veces antes se vio y con ello proliferan historias de distanciamiento entre familiares y desarraigo.
Con esa coyuntura, la reforma migratoria quedó desplazada por debates sobre el papel que juegan los estados y departamentos de policía locales en políticas de inmigración y sobre si la autoridad sigue la directriz del Departamento de Seguridad Interna (DHS) de deportar especialmente a quienes representen un peligro para la seguridad.
Ese giro se dio en virtud de que a falta de una reforma federal, estados como Arizona o Alabama impulsaron sus propias leyes de inmigración, forzando en algunos casos a padres a mostrar el estatus migratorio de sus hijos cuando los inscriben en la escuela o promoviendo que policías interroguen a alguien sobre su estatus si tienen “sospechas razonables” de que no está autorizado para permanecer en el país.
Este año 30 estados presentaron su propia legislación migratoria, aunque en 20 fueron rechazadas. En otros cinco, estas leyes podrían ser consideradas y en los cinco restantes — Alabama, Utah, Indiana, Georgia y Carolina del Sur — legislaciones en contra de la llegada de inmigrantes sin autorización han sido aprobadas. El Departamento de Justicia ha presentado demandas contra varias de esas legislaciones.
Aproximadamente 820.000 inmigrantes sin autorización para residir en Estados Unidos habitan en los cinco estados donde se aprobaron dichas leyes, según datos del Hispanic Pew Center.
La misma organización calcula que al menos otro millón de inmigrantes, en la misma situación de incertidumbre legal, viven en los cinco estados donde este tipo de legislación podría ser considerada: Ohio, Pensilvania, Michigan, Wisconsin e Illinois.
Los activistas luchan por contrarrestar los efectos de esas medidas estatales y desincentivarlas.
Organizaciones como la Unión Americana de Libertades Civiles concentrarán sus esfuerzos en el 2012 en batallar contra las iniciativas estatales.
“Lo que haremos será cambiar los ‘Alabamas’ y otros estados antes de dedicarnos al nivel federal”, dijo Hincapié.
Carolina del Sur será escenario de la lucha ya que está programado que el 1 de enero entre en vigor una ley que otorga a la policía el poder de ejercer políticas migratorias federales. Demandas contra el estado intentan frenar la normativa.
El Consejo Nacional de la Raza, otra organización con histórica participación a favor de los inmigrantes, se prepara para pedir en los próximos meses que el gobernador de Alabama revoque las duras provisiones contenidas en una ley de migración estatal. La organización trabajará junto al Hispanic Interest Coalition of Alabama en la campaña “Una familia. Una Alabama”.
Otros activistas preparan alianzas con grupos empresariales que denuncian el impacto económico de estas leyes; mientras que también habrá organizaciones dedicadas a fortalecer la participación electoral de hispanos para incidir en la conformación de los gobiernos a nivel local.
Promover legislaciones más positivas para inmigrantes, como las leyes estatales Dream Act que permiten a estudiantes indocumentados acceder a la universidad, también está entre los planes de los grupos pro migración.
“Nuestra lucha no sólo será defensiva. Intentaremos ser activos en la ofensiva”, opinó Katherine Vargas, portavoz del Foro Nacional de Inmigración.
En noviembre, el Departamento de Seguridad Interior (DHS, por sus siglas en inglés) empezó a revisar los 300.000 casos de deportación pendientes en las cortes de inmigración y ha dicho que dará prioridad a la deportación de quienes representen una amenaza para la seguridad pública o nacional.
John Morton, director de ICE, emitió un informe en junio diciendo que reduciría las deportaciones de estudiantes, miembros del ejército, ancianos o inmigrantes con parientes cercanos que son ciudadanos estadounidenses, entre otras categorías.
Los hispanos, quienes representan la mayoría de los casi 400.000 deportados en el año fiscal que terminó en septiembre, han expresado su decepción a la política migratoria de Obama.
Pero también están grupos como la Federación Americana para una Reforma Migratoria (FAIR, por sus siglas en inglés) que se ha mantenido a favor de negar empleo a inmigrantes no autorizados para vivir en Estados Unidos.
Jack Martin, portavoz de FAIR, aseguró que la organización continuará asesorando a los estados que consideren impulsar medidas “para frenar la llegada de nuevos indocumentados; medidas similares a la ley de Arizona adoptada en 2007”.
