La recesión “seguramente ya terminó”, dijo en septiembre Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, el banco central de Estados Unidos. El problema es que, más allá del repunte de la bolsa de valores, nada ha cambiado desde entonces y no se siente todavía que estén llegando nuevos y mejores tiempos.
Incluso si son ciertas las declaraciones del presidente estadounidense Barack Obama de que ve “rayos de esperanza” en la economía, tendrá que pasar mucho tiempo para que los millones de personas que han perdido sus empleos y sus casas los recuperen.
¿Cuánto tardaremos en crear empleos para 15 millones de norteamericanos, casi 4 millones de españoles y 1.5 millónes de taiwaneses? (No quiero usar datos de América Latina porque varios gobiernos hacen trampas estadísticas al informar sobre sus desempleados. Prefieren maquillar la crisis en lugar de enfrentarla.)
Se acabó la época — caracterizada por el concepto japonés del “salaryman” — en que un joven en cualquier parte del mundo podía esperar un empleo estable en una sola empresa por toda su vida. Los estudiantes que acaban de salir de la universidad este verano saben que su vida laboral estará marcada por muchos brincos de una compañía a otra. Terminó la era de la estabilidad laboral.
Bienvenidos a la época de la reinvención. En estos días el que no se adapta a las nuevas reglas del mercado, se muere (literal o laboralmente). Sólo los flexibles y tolerantes sobreviven.
¿Se acuerdan de Xavier Serbia? El fue uno de los muchachos que tuvo extraordinario éxito con el grupo musical Menudo. Hace poco conversé con él y me contaba cómo una buena parte de la fortuna que hizo de adolescente desapareció por malos manejos.
En lugar de insistir en una carrera musical que ya no daba más, Serbia se bajó de la moto, aprendió de sus errores, se reinventó y ahora es un exitoso asesor de finanzas. Y en su libro “La Riqueza en Cu4tro Pisos” explica cómo tener control de nuestro propio dinero, cómo lograr la independencia financiera y cómo ser flexible como un bambú en época de crisis. Serbia se reinventó.
También se ha reinventado el dueño de una tienda en Miami Beach que queda cerca de mi clase de yoga. En el letrero de la entrada ofrece inyecciones de botox, vacunas contra la gripe y asesoría legal para inmigrantes. No sé si es doctor, abogado o improvisado. Pero tan pronto pegó la crisis, él expandió sus servicios y siempre veo a gente en la sala de espera.
No es el único que se ha inventado una nueva profesión. Un actor con el que me topé en un vuelo a Boston ya no hace películas, sino programas de computación. Le debe ir bien porque viajaba en primera clase. Y hace poco conocí a un mecánico de Oklahoma que cambió la reparación de motores por la jardinería. Sonríe cuando planta flores.
Nueva Orleans tuvo que reinventarse después del huracán Katrina. Los periódicos tienen que reinventarse ante la competencia de la Internet y la industria turística mexicana está obligada a cambiar de cara tras la epidemia de influenza. No hacerlo es desaparecer.
Hasta el mismo Obama se ha tenido que reinventar. Se preparó durante la campaña electoral para ser el presidente que terminaría con la guerra en Irak. En cambio, su nuevo trabajo lo ha obligado a ser experto en economía y creación de empleos. Si no se hubiera reinventado antes de las elecciónes, John McCain tendría su trabajo.
El mundo le sigue apostando a Estados Unidos. A pesar de todo. Y el secreto está en su luchadora tradición inmigrante y en esa persistente manía de ver hacia delante.
