Jorge Ramos
CColumnista
Claro, nadie quiere otro atentados del 11 de septiembre de 2001. Nadie. Salvo al-Qaida y otros grupos terroristas. Las encuestas son inequívocas; los estadounidenses quieren que su gobierno haga todo lo que sea necesario para evitar otro ataque terrorista como el que costó la vida a casi 3 mil personas en 2001.
Pero una cosa es esperar que tu gobierno te proteja de ataques del exterior y otra, muy distinta, es que se utilice esto como excusa para espiar tus correos electrónicos y tus llamadas telefónicas.
El programa de espionaje del gobierno de Estados Unidos – que reveló Edward Snowden, el excontratista de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA, en sus siglas en inglés), al diario británico The Guardian – es mucho más extenso de lo que se pensó originalmente.
Estados Unidos copia casi todos los mensajes que los estadounidenses envían o reciben hacia y desde el exterior, según la investigación que hizo el reportero Charlie Savage del periódico The New York Times. Y luego funcionarios de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos buscan entre todos esos correos y números telefónicos, las palabras clave o referencias que pudieran sugerir un plan terrorista.
El caso es que, sin ningún tipo de orden judicial, se está espiando y reuniendo esta información. Cierto, quizás esa información le permitió al gobierno de Estados Unidos, por ejemplo, saber qué al-Qaida preparaba un ataque contra su embajada en Yemen y así se tomaron amplias medidas de precaución en todo el Oriente Medio. Pero el problema es que gran parte de la información que se está copiando y escaneando es de índole personal – datos íntimos y confidenciales que no tienen absolutamente nada que ver con terroristas y criminales.
Estamos hablando de espionaje masivo. Los documentos que Snowden filtró a The Guardian indicaron que sólo en el pasado mes de marzo la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos obtuvo 97.000 millones de datos producto del espionaje de emails y números telefónicos. La mayoría fueron obtenidos de personas en Pakistán e Irán, pero un 3 por ciento de esos datos provinieron de personas en Estados Unidos. De forma que el gobierno tuvo acceso y procesó los correos electrónicos de decenas de millones de estadounidenses sin que ellos lo supieran. En sólo en un mes.
No sabríamos nada de esto si Snowden se hubiera quedado callado. Hoy sabemos que el gobierno de Estados Unidos tiene un masivo programa de espionaje que incluye a sus propios ciudadanos.
¿Es Snowden un traidor? Obama no lo quiso decir así. En su última conferencia de prensa dijo que Snowden “no era un patriota.” Por supuesto que al presidente no le gustó que se supiera que su política de seguridad nacional es casi idéntica a la de George W. Bush, a quien tanto criticó como candidato. Y aunque Obama anunció en su última conferencia de prensa que quiere hacer todo el proceso más abierto y transparente, no ha sugerido que va a detener sus prácticas de espionaje dentro y fuera de Estados Unidos.
Snowden, para muchos, no es un traidor; es sencillamente un “soplón,” un informante de un abuso gubernamental. Es cierto que Snowden rompió su compromiso, firmado, de no difundir información secreta del gobierno, pero prefirió denunciar lo que para él era un abuso que quedarse callado. Y ahora está pagando las consecuencias.
Snowden consiguió un asilo temporal en Rusia. Pero ¿podría tener un juicio justo en Estados Unidos? Obviamente él no lo cree así. Por eso no ha regresado a casa.
