Un sueño de ocho minutos

Jorge Ramos

Cuando José Hernández era un niño acompañaba a sus padres a los campos de cultivo en California y, luego de la cosecha, regresaba con ellos a Michoacán, México. Cada año ocurría lo mismo: ocho meses trabajando en Estados Unidos y cuatro en México.

Los padres de Hernández eran indocumentados y él nació en California en uno de sus viajes. Pero a pesar de haber nacido en Estados Unidos, Hernández no aprendió el inglés hasta los 12 años de edad. “Es difícil dominar el inglés”, me dijo en una entrevista en perfecto español, “si te estás cambiando de escuela a escuela”.

Hernández, al igual que sus tres hermanos, tenía que trabajar en el campo para ayudar a la familia. Pero a los 10 años vio por primera vez en televisión a los astronautas en la luna y el sueño se empezó a tejer. Eso era “magia” para Hernández.

Cuando cumplió 17 años, Hernández estaba trabajando en la cosecha del betabel en California cuando escuchó en su radio de transistores que la NASA acababa de seleccionar al primer astronauta hispano, al costarricense Franklyn Chang Díaz. Y eso lo cambió todo. “Si él pudo ¿por qué yo no?”

Hernández estudió ciencias, ingeniería y computación pero siempre con el objetivo de viajar al espacio. Y es así que empezó a armar su sueño.

Sólo en Estados Unidos puede un campesino, hijo de padres indocumentados, llegar a la estación espacial internacional.

Lo curioso de todo esto es que el esfuerzo de décadas de Hernández por ir al espacio culminó con un vuelo de tan sólo ocho minutos. Eso es lo que se tardó el pasado 28 de agosto en la nave Discovery en llegar de la Tierra al espacio. Ocho minutos.

Así lo recuerda: “Durante el ascenso uno está de espaldas, encienden los motores y todo se empieza a estremecer. Entonces despega. Los primeros cuatro minutos es como un viaje a Disneylandia en uno de los juegos. Y luego ya en los últimos cuatro minutos sientes que tienes a un bebé de un año en tu pecho y después ese niño se convierte en un elefante porque sientes mucho la presión en el pecho”.

Ya en órbita alrededor de la Tierra, Hernández fue el primer astronauta en la historia en “twitear” en español o, más bien, en “espanglish”. Y también fue el primer astronauta de la NASA en pedir una reforma migratoria para los indocumentados en Estados Unidos.

“Creo que es justo tratar de encontrar una forma para legalizarlos”, dijo Hernández sobre los indocumentados, en una entrevista telefónica tras los 14 días de su misión, “y darles una oportunidad para que trabajen en lo abierto”.

Sus opiniones sobre el controversial asunto migratorio inmediatamente fueron noticia. La NASA se distanció de ellas diciendo que no representaban la postura oficial de esa agencia espacial.

Pero Hernández sabía lo que estaba diciendo, por experiencia propia: el trabajó en esos mismos campos de cultivo donde todavía hay miles de indocumentados laborando.

Desde el espacio, se dio cuenta que las fronteras no tienen mucho sentido.

“Lo que más me impresionó es cuando yo vi el mundo por primera vez (desde el espacio)”, explicó. “No se puede distinguir donde se acaba Canadá y donde comienza Estados Unidos; es decir, no hay fronteras. Qué bonito sería si le pudiéramos dar esa experiencia a nuestros líderes del mundo … habría menos conflictos”.

Para Hernández, efectivamente, no ha habido fronteras. Ni su origen étnico, ni la pobreza de su familia, ni nada evitaron que él se subiera a un transbordador espacial. Y esa es la lección que quiere que aprendan sus cinco hijos y otros adolescentes.

“El mensaje que les quiero dar a los jóvenes es que todo es posible”, concluyó. “A pesar de que vine de raíces humildes, se pudo hacer”.

El “sueño americano” no le llegó a Hernández. Al contrario, Hernández lo fue a buscar y no descansó hasta alcanzarlo.