Por Esther Cepeda,
The Washington Post
CHICAGO — El último libro de Robert Putnam, “Our Kids: The American Dream in Crisis,” debería acabar con la suposición de que la raza y las escuelas deficientes son los factores predominantes que causan la creciente inequidad.
La hipótesis de Putnam es que la segregación residencial, sobre la base de la clase social, fue facilitada no sólo por la infraestructura de caminos, que permitió que los de mayores ingresos huyeran de la ciudad en busca de suburbios más tranquilos y prósperos, sino también por cambios en la leyes federales concernientes a la vivienda, que ayudaron a que familias prósperas pertenecientes a minorías también se mudaran allí.
El resultado fue que un mayor número de familias vivió en barrios uniformemente pobres o prósperos, lo que condujo a una disminución en la segregación racial y un aumento en la segregación por clase social. “Incluso cuando niños pobres y más ricos viven en el mismo distrito escolar, es cada vez más probable que asistan a escuelas separadas y desiguales,” ecribe Putnam.
Pero las escuelas no determinan la trayectoria final de los estudiantes—lo que ahora significa que, según Putnam, los niños que pertenecen al cuarto superior de las familias, según la educación y los ingresos, tienen 17 veces más probabilidades de asistir a universidades selectivas que los niños en el cuarto inferior.
Lo que la determina es la gente que rodea a los niños.
Como muchos otros científicos sociales antes de él, Putnam pone un gran acento en el marcado contraste entre los niños que se crían en familias cohesivas, ricas en recursos y los que lo hacen en hogares disueltos y caóticos, con poco acceso a las necesidades básicas.
Putnam establece esas comparaciones dentro de las mismas razas y etnias para subrayar la manera en que los padres prósperos negros, hispanos y blancos crían y apoyan a sus hijos de la misma manera positiva, mientras que las familias de bajos recursos luchan en forma casi idéntica, sin importar la raza a la que pertenezcan.
Esas descripciones llevan a la conclusión de que las familias funcionales de dos progenitores son el factor más importante para el éxito de un niño. Pero Putnam recuerda a los lectores que, aunque a menudo se echa la culpa de la disolución de las familias al liberalismo, el divorcio y las familias de un progenitor único son especialmente comunes en el llamado Bible Belt, que es predominantemente republicano y socialmente conservador.
Probablemente la mejor contribución de Putnam al estudio de la prevención de la pobreza es la síntesis de diversas tendencias de investigación que acaban con el mito de que las escuelas pobres coartan las oportunidades de los niños en la vida.
Putnam dice que la totalidad de los datos concluye que las brechas en los logros cognitivos observadas a los 18 años—que predicen poderosamente quién irá a la universidad—están en su mayoría presentes a los 6 años, cuando los niños empiezan la escuela.
Las escuelas, dice Putnam, son sin duda desiguales, pero juegan sólo un papel menor en aliviar o crear las brechas en los resultados de los exámenes y hacen poco para exacerbar la llamada brecha de las oportunidades.
Factores externos a las escuelas como la estructura familiar, la inseguridad económica, el compromiso de los progenitores y hasta la cantidad de TV que ven tienen un efecto mucho mayor en los resultados de las pruebas y en otros resultados cognitivos y socioeconómicos, que las escuelas a las que asisten los niños.
“La brecha se crea más por lo que les sucede a los niños antes de ir a la escuela, por cosas que ocurren fuera de la escuela y por lo que los niños traen (o no traen) con ellos a la escuela—algunos traen recursos otros traen problemas—que por cómo las escuelas los afectan a ellos,” escribe Putnam. “[Per] aún si las escuelas no causaron la creciente brecha de las oportunidades … podrían constituir un lugar excelente para arreglarlas.”
