Una epifanía en Arizona

Esther Cepeda

Columnista

CHICAGO – Acabo de visitar al que llaman el estado más demente de la unión. Estoy hablando del que tiene tanto un reptil oficial del estado como un arma de fuego oficial del estado (la serpiente de cascabel de nariz puntiaguda y el revólver Colt de acción simple, respectivamente).

Ya saben, esa cloaca de intolerancia y rencor, cuyos representantes políticos, según se dice, odian tanto a la gente de piel café que han creado leyes contra la inmigración ilegal, de dudosa constitucionalidad.

Pues sí, yo violé el boicot hispano semi-oficial de Arizona –terreno de los ases de la caza de inmigrantes ilegales, la gobernadora Jan Brewer, el sheriff Joe Arpaio y el senador del estado, Russell Pearce– y pasé más de una semana viajando por el Estado del Gran Cañón absorbiendo, simplemente, el clima imperante.

¿Por qué? Porque según los titulares, los activistas y los comentaristas, Arizona se ha convertido en el epicentro de la antipatía contra los hispanos. Quise comprobar en persona si era cierto que pisar Arizona era correr el riesgo de ser detenido y deportado –independientemente de si uno es o no ciudadano estadounidense. Es el lugar que generó leyes contra los inmigrantes ilegales, que inspiraron docenas de copias, y que alimentaron el consecuente surgimiento del activismo anti-anti-inmigrantes ilegales.

No soy la única que quiso ver de qué se trataba todo ese barullo. La empresa de giras Gray Line, con sede en Tucson, está haciendo un buen negocio con su nueva excursión de un día, denominada “Crisis en la frontera: Hechos o ficción”. Presenta a los turistas a “gente real”, como rancheros, dueños de negocios y patrulleros de Nogales, que pasan sus días viviendo, trabajando y vigilando la frontera.

Puedo imaginar este aviso: “¡Vean a cientos de inmigrantes ilegales arrestados y toneladas de narcóticos requisadas, en vivo, todos los días, por el asombroso precio de $89! No participé en esa aventura, pero tras sacar mi pasaporte de la caja fuerte para poder probar mi ciudadanía, en caso de que uno de los subalternos de Arpaio me parara durante mi viaje por el Condado de Maricopa –la oficina del “sheriff más duro de Estados Unidos” acaba de resolver un caso de perfil racial con un acuerdo de 200.000 dólares– partí. He aquí lo que encontré mientras manejaba de Nogales, por Tucson y Phoenix, hacia una de las siete maravillas naturales del mundo en Tusayan: Arizona está llena de personas realmente agradables y normales.

Y no fueron simpáticas conmigo porque yo anduviera, libreta en mano, lista para tomar nota de sus respuestas a la típica pregunta de una reportera, como por ejemplo: “¿Usted odia a los hispanos?” Estamos a mediados del verano, por lo que mi piel está tan oscura como la de cualquier posible inmigrante ilegal y me visto como alguien que compra su ropa en una tienda de segunda mano (porque sí).

Y en todo el contacto que tuve y en todas las observaciones que hice de blancos y latinos, en todo el estado, todo el mundo pareció totalmente normal.

Aunque me había imaginado que sólo había enemistad entre los habitantes hispanos y blancos de Arizona, saqué una buena impresión de las relaciones diarias, desde los increíblemente corteses y multi-étnicos oficiales de la Patrulla Fronteriza de Nogales, que permitieron que sus sabuesos para drogas olieran mi coche alquilado y se despidieron de mí y de mi familia con luminosas sonrisas; y de los ancianos del restaurante Arizona Family, en Green Valley, a sólo media hora de la frontera, que trataban con cariño a las jóvenes camareras latinas, preguntándoles sobre sus hijos y hablándoles con orgullo de sus propios nietos.

Mis 10 días de observación de la vida diaria, que a mi me pareció igual a la vida de la “ciudad santuario” donde resido, no significan, sin duda, que no haya muchos individuos en Arizona a quienes los hispanos no les caen bien o que, simplemente, odien la carga impuesta por la inmigración ilegal en su estado, pero ese tipo de gente se encuentra en todas partes.

Los habitantes de Arizona no están escupiendo espuma por la boca.