Jorge Ramos
Columnista
JOHANNESBURGO, Sudáfrica — Mientras Sudáfrica ha logrado grandes progresos en la lucha para combatir la discriminación racial, estos esfuerzos en otras partes del mundo, como Arizona, están perdiendo terreno
Es sorprendente ver lo que han logrado los sudafricanos desde la eliminación del apartheid hace 16 años: desde luego, ya no existe la segregación forzada de negros y blancos, y hoy políticos negros controlan los cargos políticos más importantes, incluyendo la presidencia.
Es verdad que la población blanca — que abarca aproximadamente el 9 por ciento de los cerca de 50 millones de habitantes de Sudáfrica — aún controla sectores de la economía y es usual ver a los blancos reunidos en enclaves y centros comerciales. En promedio, sus ingresos son muy superiores a los de otros segmentos de la población. Pero, durante una estancia de casi dos semanas en Sudáfrica, no noté tensiones serias entre blancos y negros. Al contrario, tuve la impresión de que se llevan bastante bien.
La armonía y entusiasmo que ha prevalecido en Sudáfrica desde el inicio de la Copa Mundial, a principios de este mes, casi nos hace a olvidar que hace 20 años este país estuvo al borde de una guerra civil.
Los sudafricanos tuvieron que elegir entre la violencia y la negociación. Y escogieron la segunda.
No fue fácil. Nelson Mandela negoció desde la cárcel con el entonces presidente P.W. Botha y, después de ser puesto en libertad, con F.W. De Klerk.
“Nunca, nunca, nunca más esta hermosa tierra volverá a experimentar la opresión de unos sobre otros”, dijo Mandela en su discurso de toma de posesión. Y así ha sido desde entonces.
La conciencia sudafricana que dicta que la discriminación no debe ser tolerada — mucho menos legalizada — no parece existir en partes de Estados Unidos.
¿Están viendo los habitantes de Arizona lo que ha ocurrido en Sudáfrica?
La nueva política de inmigración de Arizona, convertida en ley el pasado abril, sirve para alentar el tipo de prejuicio racial que los sudafricanos rechazaron hace casi una generación. La ley expone a inmigrantes y latinos a inspecciones policíacas más estrictas normadas solamente por el criterio de los representantes de la ley — lo que, en la práctica, significa sobre la base de su color o acento. Si una ley similar fuera aprobada hoy en Sudáfrica, generaría protestas y manifestaciones violentas en todo el mundo.
La solución al inmenso problema migratorio de Estados Unidos no es discriminar a todo un segmento de la población. Ni es crear un nuevo sistema de apartheid en Arizona. Al contrario, la solución puede encontrarse siguiendo el ejemplo sudafricano: desechando leyes injustas e integrando a toda la población, sin excepciones, en un solo sistema.
Si Sudáfrica pudo superar un largo y oscuro pasado de discriminación racial, mediante la tolerancia y la negociación, Arizona puede hacerlo también. El concepto de Sudáfrica como una “nación arcoiris” puede y debe ser exportado a otros países. Los éxitos de Sudáfrica pueden repetirse en Arizona — y Texas, y California, y a lo largo de todo Estados Unidos.
No pretendo cerrar los ojos ante las significativas diferencias que aún existen entre negros y blancos en Sudáfrica. Pero, pese a esas diferencias, los sudafricanos han trabajado incansablemente para construir un solo país, de lo que era una nación dividida por la raza, la cultura, el estatus social, los lenguajes y la etnicidad. Han superado innumerables diferencias, y en ningún lugar es esto más evidente que en la Copa Mundial de este año.
Arizona, ¿estás escuchando?
