ROSS COURTNEY
The Yakima Herald-Republic
Dentro de un armario de un apartamento de una recámara, María Mojica guarda los útiles escolares y ropa para su hija Jessica Estrada, listos para cuando ella regrese.
Han estado allí por un año.
El 13 de enero del 2011, la joven lloró luego de haber recibido una llamada telefónica misteriosa. Ella salió corriendo, brincó una cerca, y desde ese día, se encuentra en los reportes de niños perdidos y a los peores temores de su madre.
Mojica admitió no estar segura, pero ella sospecha que Jessica, ahora de 14 años, esta envuelta en el mundo siniestro de la prostitución.
Las autoridades de Sunnyside han calificado a la niña como una desaparecida y no tienen evidencia concreta de que sea otra cosa.
Pero si los temores de Mojica son ciertos, Jessica es parte de una historia triste que oficiales del estado, policías, autoridades para el bienestar de niños y la sociedad entera está empezando a entender–los niños son comprados e intercambiados por sexo y no pueden salir. Lo que empeora las cosas es que las agencias de asistencia social y el sistema de justicia los categoriza como criminales.
“En primer lugar son víctimas”, dijo Suzi Carpino, una gerente de casos que trabaja con personas que son traficadas por sexo en Sunnyside’s Promise, una organización para jóvenes, sin ánimo de lucro, quienes intentan ayudar a Mojica y a familias como la de ella.
El congreso ahora debate si vuelven a autorizar la Ley Protectora de Victimas de Tráfico, una ley del 2000 que volvía el tráfico humano en un delito federal.
Parte del retraso se debe a lo difícil que es cuantificar el problema.
El gobierno federal ha dicho que el tráfico humano es una industria global de 32 millones de dólares, empatado con el tráfico de armas y segundo después del tráfico de drogas. Incluye trabajo forzado o realizado con amenaza. Unos 100,000 a 300,000 niños están en riesgo de ser explotados sexualmente en los Estados Unidos, de acuerdo al Departamento de Justicia de Estados Unidos.
Aun no se han recopilado estadísticas para el estado de Washington, aunque un reporte del Servicio Humano de Seattle estimó que entre 300-500 niños en el Condado King estaban involucrados en la prostitución, basado en archivos de la corte juvenil y casos de servicio social.
Leyes estatales que entraron en vigor en el 2008 han incrementado las penas para los proxenetas y aquellos que solicitan los servicios. Este año, los legisladores planean presentar varios proyectos de ley que pretenden combatir el tráfico de personas, incluyendo menores que aparecen como acompañantes en sitios web, de acuerdo al Senador Jerome Delvin, R-Richland.
El Abogado de los Estados Unidos en el Oeste de Washington ha procesado por lo menos siete casos de tráfico humano en los últimos dos años y siguen un promedio de 20 a 30 casos al año.
Las prostitución es un crimen y la policía arresta a las niñas por esto–aunque sean menores de 16 años, la edad en que una niña puede dar su consentimiento para tener sexo. Las jóvenes, que muchas veces están atrapadas por las drogas y las amenazas de quienes las explotan, tienen miedo de ser arrestadas, muchas veces es esta la razón por la cual no reportan su problema a las autoridades.
En el Valle de Yakima, el tráfico de sexo juvenil, esta vinculado a las pandillas, dicen los intercesores de las víctimas y las autoridades.
En una situación típica, un pandillero de mayor edad convence a una niña de 14 años que él la ama, la presenta al mundo de las drogas y le pide favores sexuales, primero para él, luego para sus compañeros pandilleros, como forma de elevar su estatus, reclutar nuevos miembros y conseguir ganancias para su pandilla, al convertirse en su proxeneta.
Mojica teme que esto le este pasando a su hija. Cuando ella tenía 11 o 12 años, Jessica andaba con pandilleros llenos de tatuajes y se escapaba por las noches con ellos a fiestas, dijo Mojica.
La madre soltera perdió la cuenta de cuantas veces su hija se escapó.
Una vez, la madre recibió una llamada telefónica amenazante, en donde una voz de hombre le dijo algo en torno a, “Tenemos a su hija, pero usted no la volverá a ver si llama a la policía”.
Temerosa, Mojica hizo lo que le dijeron esa vez, pero ha trabajado con la policía durante los años. Ella intentó castigos, gritos y hasta dejó que su hija Jessica pasara una noche en la cárcel.
Sin embargo, ella continúa culpándose. “Me siento culpable”, dijo ella. “Debí haberle prestado más atención a Jessica”.
